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El médico que encontró a Bin Laden (y el periodista que lo explicó)

En el ámbito de la ética las teorías no resuelven casos concretos. Todo caso concreto gira en torno a una decisión personal, y no hay nada que pueda suplantar a dicha decisión, ni siquiera la más sofisticada construcción doctrinal. ¿Son entonces inútiles las teorías? En absoluto: sirven a un fin que es mucho más modesto pero tremendamente importante, a saber, nos ayudan a entender mejor qué es lo que hay en juego en un dilema ético y nos ofrecen un mapa de la situación que nos permite tomar la decisión con lucidez (o justificarla racionalmente una vez tomada).

Un ejemplo espectacular de dilema deontológico ha llenado las páginas y los micrófonos de los medios internacionales recientemente. El protagonista ha sido un periodista que ha desvelado la identidad de un médico pakistaní que colaboró con la CIA para encontrar a Bin Laden. El caso es de libro, ya que ejemplifica como pocos el enfrentamiento entre los dos grandes paradigmas del pensamiento ético occidental: el deontologismo y el utilitarismo.

Según la visión deontológica, lo más importante, por no decir lo único importante, es el cumplimiento de los deberes en su propia literalidad. Estos deberes, haciendo honor al origen kantiano de la teoría, pueden por ello calificarse como categóricos. El famoso brocardo jurídico fiat justitia et pereat mundus sería una clásica instancia de este principio. Lo que importa aquí, desde un punto de vista ético, es hacer lo que se debe hacer, sin que los resultados o consecuencias sean propiamente determinantes.

La visión utilitarista parte de un presupuesto distinto: será moralmente correcto aquello que resulte bueno en sus consecuencias. Aquí lo que importa son los resultados, hasta el punto de que este enfoque teórico aspira a una matematización de la ética. El ideal de esta posición sería encontrar una fórmula de cálculo que nos permitiera sumar los resultados placenteros de cada acción y restarles la adición de las consecuencias desagradables, obteniendo así una base homogénea de comparación moral. No exagero: piénsese en el hedonistic calculus de Bentham.

Lo que hace interesante el caso en cuestión es que la decisión tomada por el periodista es tan claramente inadecuada desde una perspectiva utilitarista como justificada está desde la deontológica. Pensémoslo un momento. ¿Qué resultados ha tenido su decisión de desvelar la información? La vida del doctor está arruinada (lo último que se sabe es que estaba encerrado en una cárcel de Pakistán acusado de traición, lo cual, la verdad, no tiene buena pinta). La CIA ha recibido un golpe importante que puede comprometer otras operaciones tal vez vitales para la seguridad de Estados Unidos y de otros países Occidentales. El gobierno pakistaní queda, se mire como se mire, en una situación comprometida. Y lo que es tal vez peor, se ha generado una sensación de profunda desconfianza hacia el sistema sanitario en un país con un porcentaje de población extraordinariamente necesitada. Cuentan los corresponsales en el terreno que ahora cuando un médico acude a un pueblo a proporcionar vacunas a los paisanos, estos lo rehúyen creyendo que es un espía norteamericano.

Confrontado el periodista en la BBC con esta realidad, su respuesta fue rotunda: su compromiso es con la verdad, pura y simple, y no entiende que forme parte de su labor profesional proteger los secretos de la CIA. Lo siente mucho por el doctor y su familia, no hay más que hablar. Las virtudes y los defectos de la deontología, como teoría ética, están perfectamente contenidas en su actitud.

Vuelvo al comienzo. Ni que decir tiene que no es necesario haber leído a Kant para tomar esa decisión. Pero hacerlo nos ayuda a comprenderla en toda su profundidad. Muchos utilizan la ética profesional como un bonito instrumento decorativo. Los abogados somos especialmente fustigados por nuestra retórica deontológica, y nos acusan de utilizarla para encubrir las pequeñas injusticias diarias. Esta historia, sin embargo, nos enseña como mínimo una cosa: que la deontología puede ser extraordinariamente incómoda.

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