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El rechazo a pagar los peajes (o Antígona redux)

En realidad la confrontación argumentativa es vieja como Occidente. Se trata de la ley, clara e inequívoca, contra lo que debería ser la ley o lo que nos gustaría que fuera. La manifiesta de manera cristalina el ejecutivo catalán al decir que entiende y comprende, pero que hay lo que hay.

La mejor fuente para este dilema sigue siendo la Antígona de Sófocles. Enfrentada con Creonte, el rey de Tebas, que le impide enterrar el cuerpo de su hermano Polínicles, muerto en la guerra, y a quien Creonte considera un traidor de la patria, la heroína griega argumenta con rotundidad. Tu ley, Creonte, es válida como ley humana, pero se opone a la verdadera ley, la de los dioses, que exige honrar el cadáver de este guerrero y enterrarlo conforme a los ritos establecidos.

En Antígona la resolución es clara. Creonte, el rey que quiere imponer su voluntad humana sobre la justicia divina, es castigado de la manera más cruel con el suicidio de su hijo y de su mujer. Todo acaba bien, en el sentido en que ha de acabar bien una tragedia: los dioses siempre ganan.

En la Grecia antigua eso era posible porque se vivía conforme a una cosmología que lo aglutinaba todo y daba armonía a los contrarios. El mundo moderno no va por ahí. Como nos explican los filósofos contemporáneos la razón se ha escindido en una multitud de razones independientes, que tienen todas un sentido parcial, pero que no se entienden entre sí. El mundo contemporáneo fue desencantado (con Weber), y el Derecho, que es de lo que aquí hablamos, se entregó a su propia racionalidad formal. En otros términos: lo que fundamenta a las leyes es la manera burocráticamente correcta en que son emitidas. Esta concepción encontró en el positivismo un adecuado paradigma dominante. Es la ley, se aplica y punto.

El que esa lógica no corresponda con la lógica de justicia que, en el mejor de los casos, apoya la rebeldía ante los peajes, es perfectamente normal. Aunque esa lógica esté basada puramente en cálculos utilitaristas (individuales o colectivos), o incluso tenga unas difícilmente veladas resonancias nacionalistas, es una lógica de justicia, una lógica política (con p mayúscula), y por tanto distinta. La refleja bien el ejecutivo (catalán, pero estatal, porque el Estado es uno, otro de los principios del positivismo) cuando dice que entiende, insinúa que comparte, pero afirma que aplica. Sí, pero. Hay lo que hay.

Quizás exista un elemento que genera aún más desasosiego, y es que la fundamentación de la norma no se rija en su nivel profundo ni por la lógica política ni por la lógica jurídica, sino por una lógica económica, movida por intereses más o menos explícitos, y que en realidad se impone a todas las demás. Que eso es así, en este caso y en todos, tiene mucho que ver con la situación de disgusto, desconcierto y desmotivación ciudadana que nuestras democracias están sufriendo.

 Hay lo que hay.

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¿Quién teme a John Demjanjuk?

Nacido en Ucrania, apátrida (su nacionalidad estadounidense le ha sido recientemente retirada), John Demjanjuk aparece fotografiado en la prensa internacional, su rostro serio, sin mostrar emoción, su cuerpo anciano postrado en una silla de ruedas. Ha cumplido ya los 91 años de vida, y según un tribunal de Munich deberá pasar ahora cinco en la cárcel, condenado por cooperación en las muertes de más de 28000 prisioneros en el campo de concentración nazi de Treblinka, sucedidas hace ahora alrededor de 70 años. Aunque por lo pronto no cumplirá la pena: la sentencia ha sido apelada por su abogado, y mientras la apelación se resuelve Demjanjuk deberá permanecer en Alemania, pero sin ingresar en prisión.

Aparentemente la situación plantea un dilema jurídico clásico que se ha repetido a lo largo del siglo XX: ¿cómo juzgar, una vez caído un régimen antes vigente, a aquellos que cometieron actos atroces conformes con su posición en dicho régimen? Los juicios de Nuremberg, o las leyes de Punto Final y Obediencia Debida en Argentina, son dos momentos simbólicos de este problema aún no resuelto.

Pero el caso de Demjanjuk contiene un elemento que lo hace diferente, y que da paso a otro dilema distinto. Aquí el acusado no reconoce lo sucedido ni se esfuerza en justificarlo conforme a las condiciones del momento (que serían las propias de un presunto funcionario del régimen nazi), sino que niega la mayor: el abogado defensor ha tratado de probar que Demjanjuk nunca fue el guardián del campo que en efecto colaboró en la ejecución de las muertes, sino que su estatus durante la segunda guerra mundial era de prisionero de guerra en el campo de Sobibor. En definitiva, se equivocan ustedes de tipo.

El matiz es importante: lo que está en juego en este caso no es una concepción de la justicia (como en Nuremberg), sino detalles mucho más triviales como si por ejemplo un carnet de identitad de las SS en el que Demjanjuk consta como guardián de Treblinka es auténtico o falso, o si la credibilidad de los testigos es fiable al recordar hechos y personas perdidos en la niebla de los tiempos.

 Esto abre otra cuestión, otro dilema, que es el que de verdad importa aquí: ¿merece realmente la pena juzgar y condenar a personas por hechos cometidos en situaciones que poco o nada tienen que ver con las actuales? Según Reuters, la opinión pública alemana está dividida al respecto, y algunos ven un espectáculo triste y patético en la encarnizada discusión sobre la validez de unas pruebas presentadas y refutadas por ancianos en relación con hechos que acaecieron durante su juventud. Salvo que suceda un fenómeno médico, a Demjanjuk le queda poco tiempo de vida, lo cual por cierto justifica la reducida pena impuesta por el juez en atención a la edad y estado de salud del reo, incapacitado para ejercer ninguna violencia.

 En sentido opuesto piensan los acusadores, dos víctimas de trabajos infantiles forzados en Treblinka, así como los grupos de víctimas del holocausto que han mostrado su decepción porque a pesar de la condena Demjanjuk no haya ingresado ya en la cárcel. En la simbología del castigo como pago de la responsabilidad se manifiesta la función retributiva de la pena. Es decir: que quien la hace la paga, sin importar otros condicionantes, aunque haya pasado toda una vida y ni víctima ni acusado tengan otro futuro que el de esperar el resultado de la sentencia. ¿Es eso la justicia? Difícil será convencer de lo contrario a quien siga a pies juntillas el Antiguo Testamento.

César Arjona

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