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De la Resiliencia al Consenso

La tragedia volvió a Japón tras el seísmo del 11 de marzo. Ya hay quien analizará las consecuencias económicas de los hechos. Pero más allá de los valores económicos, hay que resaltar otros valores y actitudes, los de las personas afectadas dramáticamente por una crisis nuclear. Japón es un gran país. Como otros, vencedores o vencidos, ha cometido errores y horrores históricos. Inició una cruenta guerra en Asia-Pacífico que finalizó, los días 6 y 9 de agosto de 1945, con el bombardeo atómico de las poblaciones civiles de Hiroshima y Nagasaki. 65 años después, cuando el recuerdo de aquel trauma aún sigue vivo en su memoria, los japoneses se ven amenazados por otra catástrofe nuclear.

Tras su derrota en 1945, Japón renació de las cenizas. En 1946, promulgó una constitución democrática que estableció un régimen parlamentario y de libertades públicas. Se consagró el principio de la división de poderes y el imperio de la ley, una novedad en un país de base confuciana. El país recuperó la autoestima colectiva y concentró sus esfuerzos a la reconstrucción del país. En 1964, los Juegos Olímpicos de Tokio confirmaron su irrupción internacional. Japón se modernizó y creció rápidamente hasta convertirse en sólo dos décadas en la segunda economía mundial y la primera asiática. Recuperó su potencial económico pero no ha dispuesto de capacidad de maniobra para desarrollar una diplomacia independiente. Fue considerado un gigante económico pero también un enano político en la escena internacional. Tras entrar en las Naciones Unidas (ONU) en 1956 llegó a ser su segundo contribuyente, apoyando a organismos financieros como el Banco Asiático de Desarrollo. Y es uno de los principales donantes de AOD en Asia y África. Japón colabora activamente con la ONU en la defensa de los bienes públicos globales como el fomento del desarme mundial, la lucha contra la proliferación nuclear, la protección internacional del medio ambiente, la seguridad alimentaria… Japón es partidario de una reforma de la ONU y aspira a ser miembro permanente de un Consejo de Seguridad ampliado. Pero sus justas pretensiones chocan con las reticencias políticas chinas. Alemania se reintegró internacionalmente en el seno de la Unión Europea. Pero no existe para Japón un marco institucional parecido en Asia Oriental.

Cuando Japón gira su mirada hacia al continente asiático, observa cómo China surge como el nuevo gigante económico convocación de liderazgo regional y global. China acoge ya una quinta parte de la población mundial. El año 2008 significó un antes y un después para Pekín. Organizó unos exitosos Juegos Olímpicos, y fue testigo de cómo Estados Unidos caía en una profunda crisis financiera, que también golpeaba a Japón y a la Unión Europea. En el 2010, China creció un 10,3% (frente al 3,9% de Japón) y se convirtió en la segunda economía mundial.

En un contexto tan dinámico, Japón, con sus limitaciones constitucionales en el ámbito militar, su economía desacelerada y una población envejecida, no puede desarrollar un liderazgo político y económico en Asia Oriental. Además, Pekín y Tokio mantienen unas complicadas relaciones políticas debido a disputas territoriales, aún no resueltas. Pero la interdependencia económica crece sin cesar. China es, desde el año 2006, su principal socio comercial y el gran motor que permite seguir creciendo a la economía japonesa. Tokio necesitará aún más, tras el seísmo, contar con la cooperación financiera y comercial china.

La sociedad japonesa se modernizó pero no se occidentalizó plenamente. Cambió su piel pero no su alma. Ha mantenido con convicción su identidad nacional y cultural. Su amalgama religiosa y de pensamiento donde se yuxtaponen el sintoísmo, el budismo, el confucionismo y el cristianismo, explican su singularidad, de difícil comprensión para aquellos que aún insisten en juzgar a Oriente desde nuestros valores occidentales. En Japón priman los colectivos sobre los individuales. Son eficaces trabajando en equipo, aunque a veces y desde nuestra percepción occidental,
pecan de una falta de rapidez y agilidad a la hora de tomar algunas decisiones. Se acuerdan por consenso y se toman su tiempo a la hora de gestionar los temas.

Japón es hoy una sociedad democrática, culta y estable. No tiene recursos naturales que se importan desde el exterior. Pero tiene uno básico: la calidad del pueblo japonés. Sigue impresionando observar la serenidad, la disciplina y el civismo con que ha reaccionado desde el primer día ante la catástrofe. Sus valores colectivos e individuales se acrecientan ante nuestros ojos cuando vemos o leemos cómo resisten la presión de una alerta nuclear. No se han visto reacciones individuales fuera de lugar, sólo muestras de solidaridad colectiva y familiar. Nunca se borrarán de nuestra memoria, además de las tremendas imágenes de la magnitud del desastre, la gran entereza del pueblo japonés.

Ahora sólo resta esperar y confiar en que pronto se superen las amenazas nucleares que agobian a los ciudadanos. Japón padeció antes otros devastadores terremotos, el último en Kobe en 1995. Pero el factor nuclear sitúa esta crisis en otra dimensión, aún de imprevisibles consecuencias. Incluso cambiará la posición internacional sobre la energía nuclear.

Una vez superada la fase de alarma nuclear, Japón demostrará otra vez sus capacidades para trabajar colectivamente en la reconstrucción del país. Una tarea ingente que motivará y movilizará otra vez a los japoneses. Se abrirá una nueva etapa histórica. Una gran oportunidad para mejorar sus instituciones políticas y económicas, abrirse más al exterior y, a la vez, mantener sus valores e identidad. Japón puede y debe revitalizarse, reinventarse e incluso rejuvenecerse. Porque su principal amenaza no es exterior, sino interna. Debe corregir el bajo índice de fertilidad que provoca el alto envejecimiento de su población que ya cuenta con un 21,5% de mayores de 25 años. El déficit demográfico frena el crecimiento, el consumo y el ahorro. Es imprescindible que el Gobierno de Naoto Kan del PDL y oposición política, el PLD, se sepan liderar y sumar esfuerzos colectivos. Japón también precisará, a corto plazo, de la cooperación financiera internacional. Deberá hacer definitivamente las paces con sus vecinos, China y Corea del Sur.

Japón es un gran país que merece nuestro reconocimiento y estima. Está pasando una durísima prueba. La superará. Debemos expresar nuestra solidaridad con el pueblo japonés.

Jaume Giné Daví
Profesor de la Facultad de Derecho de ESADE
Secretario general del Consejo Asesor de Casa Asia

Artículo publicado en La Vanguardia (20.03.2011)

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