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De Estrasburgo a Madrid a través de diferentes roles en “mootcourts” (1988 -2011)

De Estrasburgo a Madrid a través de diferentes roles en “mootcourts” (1988 -2011)

En mi cuarto año de carrera, en 1988, participé en el concurso René Cassin. Era una simulación de un pleito ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos con un complejo caso de abusos por parte de un Estado. Las principales dificultades estaban en la forma y en la materia. Era en francés, y los escritos de demanda y contestación debían estar en ese idioma que aún hoy no domino, y la fase oral –ante un tribunal de expertos, en la sede del propio Tribunal real, contra universidades de otros países- resultó ser muy real e intimidante. Yo sólo era suplente de un equipo de 7, en que cuatro acusábamos al Estado que vulneraba los derechos humanos,  y otros tres lo defendían. Pero habría sido capaz de improvisar algo cuando uno del equipo, de la mitad defensora del Estado, se desmayó en pleno alegato, y atrajo la atención del propio Secretario General del Consejo de Europa (en aquel entonces, Marcelino Oreja Aguirre) que bajó a interesarse por su salud.

Otro de mi equipo no sabía francés y ante la viuda de René Cassin (el francés que redactó con otros la Declaración Universal  de Derechos Humanos) logró disimular con unos “oui, oui” muy seguros su absoluta incomprensión de lo que aquella venerable dama le comentaba en las pausas de la competición. Mi francés era malo, pero sabía de qué iba el caso y me había impregnado de jurisprudencia del Tribunal –que no había apenas visto en mis asignaturas ordinarias-, en un esfuerzo bastante autónomo en que un estudiante de doctorado  –ahora catedrático- debía supervisarnos, pero que en realidad nos dejó a nuestro aire o nos abandonó a nuestra suerte. Quedamos cuartos de 12 universidades, frente a la universidad de Estrasburgo-que se grababan en vídeo en ensayos semanales, por lo que nos contaron- que aparte de anfitriona, ganó la competición. Nosotros nunca ensayamos y nos contentamos con lograr que la Universidad de Barcelona nos diera una ayuda para el viaje en tren, con transbordo en Port Bou, en un compartimento de todo el equipo (solos, sin el doctorando que debía ayudarnos, que no volvimos a ver). Inolvidable fue  el tufo del compartimento en el viaje de regreso, en que volvimos cargados de quesos comprados en Estrasburgo. Era como un anticipo del viaje de fin de carrera que haríamos el año siguiente, pero con una excusa académica. No nos cambiaron exámenes ni nos liberaron de ir a clase, pero aprendimos muchísimo y nos lo pasamos “bomba” (como entonces se decía). De aquel equipo, una es ahora directora de relaciones internacionales de la Escuela Judicial tras haber sido vicedecana de la Facultad de Derecho, otro es profesor titular de Derecho Internacional Público en esa misma facultad y director del Instituto de Derechos Humanos y una tercera es funcionaria del Banco Mundial y el que no sabía francés acabó en el ayuntamiento de Barcelona.

Años después descubrí  que a esas competiciones entre equipos de estudiantes de universidades de otros países  viviendo un caso imaginario como si fuera real se denominan “mootcourts”. Un juicio simulado, pero no bufo, porque no se busca ironizar sino poner en práctica los conocimientos jurídicos con las habilidades que luego necesitarán en la vida de jurista. Con ello, acaban redescubriendo lo que aprendieron y profundizando hasta extremos insospechados en casos que, en una primera lectura, parecen sencillos. Una de las aptitudes de todo jurista –a mi juicio- es comprender que nada es lo que en principio parece, y las posturas más insospechadas acaban siendo defendibles si se las estudia con ganas.

En el 2006 otro “mootcourt” se cruzó en mi vida. El de un pleito ante el Órgano de Solución de Controversias de la OMC, organizado por la European Law Student Association o ELSA. Una alumna aventajada  de ESADE –que ahora está en Berlín haciendo el doctorado en Derecho Penal Internacional  con una beca de “La Caixa”- logró crear un equipo con otros tres estudiantes y me pidió que les ayudara en la preparación de de los escritos y de las fases orales. Dado que el Dr. Montañà tiene una tesis sobre la OMC-la Organización Mundial del Comercio- , y dado que a la OMC sólo se dedica una hora en el curso de Derecho Internacional Público que ambos impartimos –con el conocido caso Shochu de muestra inolvidable- , tuvimos que hacer sesiones de profundización, de ensayo, de redacción de las demandas y contestación del pleito entre dos Estados imaginarios.  Pocas, por lo que supe después. Pero en aquel momento no había interiorizado aún el papel de “coach” o entrenador del equipo. Al menos, no desaparecí como había hecho aquel doctorando en 1988, ofrecí todo mi escaso saber al equipo, y todo el tiempo de que dispuse. Con un espíritu parecido al que tenía yo en 1988, el equipo se fue a Roma. Yo les acompañé tras un extraño viaje desde Zúrich a Nápoles –donde inicialmente era la ronda europea- en avión “low cost” y luego en tren nocturno hasta las afueras de Roma, al centro de alto rendimiento deportivo donde pernoctamos. Nos eliminaron rápido y acabamos haciendo turismo por el Vaticano y el foro. Pero ellos aprendieron y conocí al novio de entonces de la instigadora del equipo, ahora diputado en el Parlamento de Cataluña.

En el 2008, otra alumna aventajada pidió crear otro equipo para la ronda europea del caso del “mootcourt” de la OMC del 2009, que acabó siendo en Frankfurt del Oder. Lo creamos, vivimos la presión de cumplir los plazos para la remisión de escritos en inglés –que hicimos sin ayuda- y aparte de aprender mucho derecho internacional económico en el proceso, supimos de biocombustibles –era el tema del caso de aquel año- y la instigadora consiguió un novio especialista en esa materia. No ganamos, vivimos la intoxicación alimentaria de otros equipos –las dos vomitonas en el coche, camino de Berlín, serán inolvidables-, y pernoctamos en Polonia, en una residencia de estudiantes al otro lado del río Oder, donde nadie hablaba inglés.

Desde entonces he repetido el papel de profesor encargado (o “coach”) con equipos nuevos de estudiantes de ESADE en otra edición del “mootcourt” de la OMC –en el 2010, sobre medicamentos tradicionales,  acabamos en Helsinki, siempre a mejor, pero nunca ganando, a pesar de que dedicamos más horas en ensayos , en escribir siguiendo las estrictas limitaciones de forma, en aprender más y más derecho de la OMC  –. Ahora competimos en el simulacro de pleito ante el Tribunal Internacional de Justicia, conocido como Jessup. En el 2011 el caso iba  sobre un ataque con aviones no tripulados y este 2012 sobre un golpe de Estado y la intervención humanitaria de una organización regional . Este año hemos llegado a la ronda de exhibición en Washington. Pero siempre podemos hacerlo mejor y como “coach”, con la ayuda de Miquel Montañá y María Boada, intentamos descubrir qué hicimos mal. Qué nos falta para llegar a ser los mejores.  Porque en la ronda española la que daba paso a la de Washington, nos venció por décimas la Universidad Carlos III. Quizá sólo nos falta el aplomo y la seguridad en la exposición de los alumnos de la Carlos III de Madrid.

Lo digo ahora que he pasado al tercer nivel. Había vivido un “mootcourt” como estudiante y luego como profesor que sufría por su equipo de estudiantes. Ahora lo he vivido como árbitro, como parte del tribunal de las semifinales de la IVª Competición Internacional de Arbitraje y Derecho Mercantil, conocida como “MootMadrid”, porque la creadora de este “mootcourt” en español es la Universidad Carlos III con el apoyo de UNCITRAL . 17 universidades participantes, algunas de Francia, Estados Unidos, Costa Rica, El Salvador, etc. y en español, lo que facilita ,muchísimo las cosas.  En la semifinal en la que participé como coárbitro tenía que decidir entre la Universidad Católica de Asunción y la Universidad Carlos III. A las 12.30 del viernes 1º de junio del 2012, en una sala de juntas del despacho Broseta llena de estudiantes, con un coárbitro brasileño (Francisco Pignatta) y presidiendo Mª Mercedes Tarrazón (vocal española de la Corte Internacional de Arbitraje de la Cámara de Comercio Internacional ), aplicando el nuevo reglamento de arbitraje de la CCI, escuchamos las alegaciones de Regenta y de Vetusta. La segunda, representada por el equipo paraguayo, habló primero, por acuerdo previo entre las partes, para discutir la jurisdicción del tribunal. Porque en este “mootcourt” no hay las reglas que en otros son muy estrictas sobre el tiempo que puede hablar cada equipo y los límites formales de las demandas. Asumiendo la flexibilidad y la autonomía de la voluntad de las partes que es consubstancial del arbitraje, éstas habían pactado los plazos y el orden. Aunque no los cumplieron a rajatabla (debían ser 13 minutos para los aspectos formales y otros 13 para el fondo, con 2 más de réplica y dúplica en cada tramo, y hablaron 15 minutos en su alegato principal), el proceso fue rápido y antes de las 14.00 y habíamos acabado. El tribunal se reunió a deliberar.

Vetusta es una constructora de un país imaginario, Cervantia, que acuerda con una fabricante de cemento extranjera –Regenta, de otro país de fantasía, Andina- , mediante un contrato llave en mano, la edificación de una fábrica de cemento por 140 millones de Euros, pagaderos en tres fases, siguiendo los plazos de construcción. Pero antes de terminar el primer plazo descubre unas aguas subterráneas que no había detectado con las pruebas que había realizado, y debe ampliar la cimentación, con un incremento substancial de costes (40 millones de euros). Unos mensajes electrónicos intercambiados entre los encargados de cada empresa eran interpretados por una parte -la constructora- como cumplimiento del artículo del contrato por el que se podía variar éste y por la otra –la propietaria- como simplemente información de lo que ocurría en la obra. Si añadimos huelgas y un entorno social enrarecido (otros 8 millones de euros de ajuste), la obra acaba bloqueada sin acabar y la propietaria ejecuta entonces una garantía a primer requerimiento que la constructora había pedido a su banco a favor de la propietaria, por 40 millones de Euros.  Garantía sometida a las Reglas Uniformes relativas a las Garantías a Primer Requerimiento de la Cámara de Comercio Internacional en vigor, las URDG 758. En ellas (art. 20) se indica que el banco tiene que pagar tras los 5 días que le dan para comprobar los documentos que permiten la ejecución. Aquí eran, o una decisión de un ingeniero consultor ajeno a la obra, o un comité de tres personas para la adjudicación de disputas. La constructora impugnará luego ambos documentos por entender que son nulos por emitidos sin imparcialidad, pero la ordenante los tiene y espera el pago. Sorprendentemente al sexto día un juez de un país distinto del de la sede del banco, ordena su bloqueo, y el banco obedece (en realidad, consultadas varias asesorías jurídicas de bancos españoles, una orden de un juez extranjero recibida por notario se ignora). Los árbitros teníamos que resolver este galimatías tras escuchar las partes.

Durante la audiencia –tres mujeres y un hombre- tuve oportunidad de hacer preguntas para ver la cintura de los “letrados” ante preguntas imprevistas: ¿Está en vigor en Convenio de 1995 de Naciones Unidas sobre Garantías Independientes y Cartas de Crédito Contingente? (el caso aseguraba que ambos Estados eran parte y los escritos utilizaban ese articulado para justificar sus puntos de vista, pero no constaba si el tratado había logrado el mínimo de ratificaciones (5)) La respuesta de la estudiante fue un salto a la piscina evidente. No sabía la respuesta, pero como no debía dudar y sólo había dos opciones, optó por una: “Sí, está en vigor, claro”. Lo está, porque 8 países lo han ratificado, pero ninguno importante, sin contar a Andina y Cervantia. ¿A quién quiere que  dirijamos la orden para levantar el embargo de la garantía? ¿Al banco? ¿Por tanto, hay que incorporarla a este pleito como parte y entonces se convierte en multiparte? “No sería oportuno”, respondió la estudiante, con habilidad. ¿Si querían una medida cautelar, por qué no usaron el nuevo árbitro de emergencia? “porque es opcional” (otra respuesta correcta a pesar del desconcierto de la estudiante ante la pregunta inesperada). Siempre con la extrema cortesía que aprenden como protocolo ante el tribunal: “Muchas gracias por su pregunta, si me acompaña a la página 20 del escrito de demanda verá que la cláusula 18.4 detalla los riesgos del propietario”. A veces, también sorprenden al tribunal en sus explicaciones y debo confesar que las aclaraciones sobre las técnicas geofísicas de la letrada de la demandante –de la Carlos III- fueron las que me hicieron decidir a su favor. Aquello no era derecho, pero aunque era complejo estaba bien explicado, era convincente y lo decía con seguridad.

Quizá deberían haberme recusado como árbitro que podría tener enemistad a la Carlos III porque como universidad ganó a ESADE en el Jessup tres meses antes. Pero no lo hicieron, ni lo sabían, ni yo sabía quién sería el semifinalista. Por otro lado, en el debate del tribunal, expuse el primero mi opinión favorable y acabo siendo unánime. Ganaron esa semifinal por poco y ella acabaría siendo la mejor oradora de la competición. Justa decisión. Pero la Universidad Carlos III acabó arrasando y ganando los premios a mejores escritos de demanda y contestación, y la final –como demandada-. Aquí discrepo, porque me leí su escrito con detalle  y contenía errores que luego exhibí a los ganadores. A mi juicio los de la Universidad de Versalles fueron más convincentes y debían haber ganado el “mootcourt”. Pero el tribunal de la final lo componían una jurista española residente en París –Carmen Núñez Lagos-,otro abogado brasileño (Fernando Marcondes) y el Vicesecretario General de la Corte Internacional de Arbitraje de la CCI, José Ricardo Feris, que lleva muchos años viendo cientos de casos de arbitraje. Seguramente tienen mejor criterio que el mío, y por ello, como en los dictámenes, me someto al suyo.

Además Feris ha vivido en su propia piel ese cambio de papeles en “mootcourts”, porque cuando estudiaba en Nueva York y tenía pelo quedó finalista en uno sobre derecho comunitario –es lo cuarto que se descubre en “google” al poner su nombre-. Por lo que sabe qué supone esa responsabilidad de dar vencedor a un equipo y no a otro. Porque alguien tiene que ganar. Es una competición.

Regresé en avión tras la final, los discursos y las conversaciones en el cóctel final. Descubrí que el mismo que organizaba esta competición, profesor de Mercantil de la Carlos III, era el “coach” del equipo que nos venció por poco en la ronda española del Jessup. Uno de mercantil en un caso de internacional público. Tan curioso como que uno de internacional público estuviera haciendo de árbitro en un caso de mercantil, que era mi caso allí. Regresé con una camiseta de verde pistacho fosforescente que me regalaron los organizadores y que ya sudé al día siguiente corriendo al sol por la playa de Arenys antes de mi primer baño de la temporada. Una camiseta con un montón de bufetes patrocinadores. Una camiseta a añadir a la negra de manga larga –con un único bufete patrocinador- que me trajo de Washington el equipo de ESADE que se fue al Jessup.

Una experiencia nueva que completa el círculo. Una convicción asentada tras las tres vivencias. Los “mootcourts” son una magnífica manera de aprender y quizá el tener una asignatura y créditos dedicado a ello ayuda que la Universidad Carlos III acumule tantas victorias –también ganaron el Vis de Viena, de arbitraje pero en inglés, hace unos años-. Y una añoranza: Qué envidia da ver tanta juventud con talento metiéndose en los casos, gritando de alegría o de desilusión al saber los premiados, asumiendo el rol de persona adulta ante los retos de gente de que van a juzgar su trabajo. “Juventud, divino tesoro”. La mejor forma de experimentar el futuro que les espera. Un futuro que empieza en “mootcourts” y acaba llevando a cada uno a una destacada posición jurídica, como los hechos parecen demostrar.

Jordi Sellarés Serra. Profesor asociado de Derecho Internacional Público- ESADE, y Secretario General del Comité Español de la Cámara de Comercio Internacional.

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Protección ante los abusos

El Gobierno argentino ha expropiado las acciones de Repsol en el capital de YPF. Sólo las españolas. No las de otras nacionalidades. Bolivia hizo algo parecido pocos años atrás. La intervención, con fuerza pública en las oficinas y proclamas sobre la soberanía nacional y el expolio de sus recursos, expresa una visión muy negativa de la inversión extranjera.

En Derecho Internacional hay dos perspectivas sobre la propiedad privada extranjera. Para la más clásica, la inversión extranjera es buena, hay que atraerla y protegerla (de ahí los esfuerzos de Madrid y Barcelona para atraer Eurovegas). Si se expropia, debe ser por causa de utilidad pública y previo pago de un precio justo y en divisas. Para la más izquierdista, la inversión extranjera roba los recursos naturales del país, sobre los que el Estado es soberano. La expropiación no tiene límites, y se paga el precio y en la divisa que quiera el expropiador.

Para protegerse de esos abusos, caben dos posibilidades. Por un lado, la protección diplomática por parte de su Estado nacional. El Estado donde tiene su sede la compañía, discrecionalmente, asume el caso como vulneración del mínimo que exige el Derecho Internacional. El pleito es a partir de ese instante entre Estados y puede acabar en el Tribunal Internacional de Justicia. Es lo que ocurrió en el caso Barcelona Traction, que en 1971 decidió contra Bélgica, y a favor de España, porque no se había perseguido sólo a los accionistas belgas de esa empresa canadiense que electrificó parte de España. En el caso de Repsol, la persecución contra los accionistas españoles es clara.

Otra posibilidad es acudir al arbitraje internacional, directamente, sin necesitar al Estado, gracias al tratado de protección de inversiones entre España y Argentina. El Centro Internacional de Arreglo de Diferencias sobre Inversiones (CIADI), en el Banco Mundial, vio cómo se condenaba a España enun primer caso de 1997, por perjudicar al Sr. Maffezini, un argentino que había construido una fábrica en Galicia. Luego, tras el corralito, Argentina se ha convertido en el Estado más demandado, con más de 30 asuntos. Parece la solución más probable. Lo hecho por Argentina sería como decir que Messi, formado en España y que cobra de un club español, sólo puede jugar con la selección argentina. Absurdo y seguramente contraproducente. Pero así es la historia.

Jordi Sellarés
Profesor de la Facultad de Derecho de ESADE

Artículo publicado en “Las Provincias” (18.04.2012)

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Gateway to Asia. An arbitrator in Singapore (& IV)

I wake up bright and early. Get dolled up, ready to play, and sing and look the part. Trying to convince the voices in my head that I have read possibly all the common law jurisprudence that there is on “extending arbitration clauses on third parties” I have the most absolutely delicious breakfast. Roti Prata, a popular South Indian dish. It`s like a rice paper-thin, spider-web thin pancake served with dahl –the one I like –or fish curry- yikes. Full of energy thanks to my friend’s mum who feeds me like a queen, my friend’s dad kindly drives my to Bukit Timah, were the National University of Singapore is located.

I much enjoy the eloquent conversation of this poised, well-educated and charming banker. While driving, he tells me curious details: ERP (Everyday Road Pricing) -most commonly referred as Everyday Robbing Practice – is the toll system in Singapore, payable at booths on the expressways or (more disturbingly) automatically deducted via wireless electronic charge. ERP is supposed to discourage the use of private transport in favour of the subway, since traffic jams are not compatible with the kind of city that Lee Kuan Yew envisions, namely, an efficient, business-friendly city. Wasting time stuck in a road would be an unpardonable crime. However, sometimes, so much control, does have an uncanny resemblance to 1984. On the other hand, though, I am a strong defendant of slightly authoritarian leaders, because the human race is too inclined to idleness. People tend to need direction and guidance and encouragement to do better. People need rules and need to learn to obey. Provided, of course, that these are conducive of excellence and well-being, and not just a bunch of quickly cooked-up impediments to perpetuate the position of those in power not for their merits, but for their “surnames”.

I descend from the car, trotting along with the highest heels I have worn in years because feeling tall gives me a sense of empowerment, which today I am most certainly sure I will desperately need. Before entering the Arbitrator’s room to be briefed about the rules of the Mootcourt, I explore around the different pavilions of the university. You can almost smell that this institution is not skimpy with its students. Both the Lee  Kuan Yew and the Li Ka Shing departments are clean and spacious. The library is not set in a basement and has heaps of bright natural light that seem to encourage you to devour books like Matilda Wormwood or Don Quixote. Anyone can use the computers without having to enter idiotic passwords, printers print on your command, photocopiers photocopy without getting clogged or endlessly begging for more paper and IT people actually know about IT. Everything works. Everything is on time. Even I am on time.

Briefing room. I find my tag name on the table. I am addressed as Meredith, Maria or Miss Sendros; and you can see people squinting as  they struggle to decipher the name of this young girl that contains a “t”, and “x” and a “double l”. The other arbitrators distribute business cards, written in English on the cover, and on Chinese on the reverse –do not ask me if it is the classical or the simplified version, since I am too ignorant to notice the difference. Once again, I am the odd one out: In class, I tend to feel awfully old in comparison to my peers. Here, I feel awfully young. Apparently, I cannot win the age battle.

Kate Lewins –the Australian moot court coordinator- distributes the score sheets – where you allocate points to “legal command” but also to “poise and attire” of the students. On the board, there is a grid that tells me that I will not be presiding the tribunal –thanks be to God- and that I’ve been paired with two Indian arbitrators from the Gurbani partnership.

Room 5. I walk decidedly to my seat, fill in the form with the names of the students, pour myself a glass of water and restrain myself from sighting. I am shaky like a piece of pudding that has fallen from the table to the floor and one of the guests of the party has just stepped over it, and feels like an orphan. I start playing with the pen, trying to calm myself down, and then, zas!, the soft and slow voice of Dr. Montañà seems to whisper in my ear that this is not a very professional “thing” to do. I put the pen down, thanking my teacher without him knowing, and finally, my mind is able to concentrate  on  the Indian girl who is struggling with the “over the ship rail rule” that does not apply to liquefied gas – a rule that establishes that the risk is on the buyer once the goods have passed the ship’s rail. However, how do you establish this with a liquid that goes through a pipe that needs many valves, and whose unloading requires the assistance of  the Port Authorities, the consignee, and the carrier? I am sure that the people from Lukoil in the Barcelona Port now the answer: the ship’s flange.

Just for quick reference, the facts of the case at hand, broadly and extremely colloquially summarized, were as follows: We had this shipment of LNG, evidenced through a magical transport document called Bill of Lading. There were various shipments. For each shipment, you had a different BL. These BL’s (supposedly) incorporated, through general wording, an arbitration clause. However, this arbitration clause was never printed in the actual documents. In the case, the companies that entered into the contract for transport of the liquefied natural gas had a history of prior dealings. One day, catastrophe ensues. One of the members of the crew introduces a flammable device while unloading of the cargo is taking place causing a fire because there is a leak in the pipe of gas. The ship ends up wrecked. Now we are faced with questions such as:

Does the Arbitral Tribunal have jurisdiction to hear the case if the parties did not sign an express agreement to arbitrate, they did not contract on standard terms and the only incorporated clause there is, is incorporated through general wording?

Did the carrier breach its responsabilities for proper care and discharge of the cargo under article II of the Hague Visby rules and therefore the consignee was unable to render possible its obligations? Or did they have a combined duty to discharge it since it was a gas cargo that requires specific pipe to be unloaded?

Having said this,  now it was the turn of the second team. So far, I have not asked one single question, and I wonder if I am stupid , a coward or both.  And  then, like an epiphany, I see clearly that I should ask the Australian boy, who is going on and on and on without end about the Hague Visby rules, how does he come to the conclusion that this Bill of Lading is in fact governed by the Hague Visby Rules! He is thrown of the rail, does not produce a coherent answer, and I feel profoundly sad –for him- and profoundly happy- for me- at the same time. He does not mention the Paramount Clause, and cannot explain that that when the port of shipment has no enactment of the „Hague Rules‟, „the corresponding legislation of the country of destination shall apply.‟

Since shipment occurred in international waters where there is no legislation giving compulsory effect to the Hague Rules, the law of the stated place of destination must be considered. Given that the HV Rules have been given „the force of law‟ in the stated place of destination, the HV rules apply. I confess it took me a lot of time to get this conclusion.

Time’s up. We send the mooters outside of the room. The two Indian gentlemen treat me with the outmost respect, as an equal, and we give the participants the score they “deserve”. Having been an ex-mooter myself, I will discover, being now part of the panel, that in these “contests” luck, or destiny plays a bigger role that you would imagine. The first moot I heard, the participants were anything but mediocre, yet they were princely rewarded with 34 points (out of 40) by the Indians. On another round, a ruthless, phlegmatic, thin like a spaghetti Chinese arbitrator, gave the guys from the UK- much more coherent, who knew their case law and did not go off on a tangent- a mere 25 points. This is only to illustrate, that winning and school marks, may not be as objective as we naïve students are made to belive.

I am exhausted. The rosy, idyllic idea that teachers have an easy ride when they correct exams is complete erased from my head, and I realise that it takes a lot of courage to stand up in front of an audience where you can be shot down with questions. They could always discover that you are less educated than they are. My first day has come and gone like a flash. It has been an enlightening  course of business demeanour, of shipping law, of English language, and above all, a cure of humbleness.

Meritxell Burcet Sendrós. Llavors, alumna de 4rt de vacances. Ara alunma de 5è d’intercanvi a la Bucerius Law School (Hamburg, Alemanya)

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Gateway to Asia. An arbitrator in Singapore (II).

Tanah Merah (Red Earth in Malay) it´s not just  the only significant military sea battle in the history of Singapore until World War II, but it will be my home during my brief stay. I rightly say home, for I am immediately welcomed. My friend (a truly smart Singaporean law student) and her family are the most hospitable hosts you could ever hope for. They picked me at the airport, treated me to all the delicacies of South East Asian cuisine, bore with my incessant and annoying questioning, and most importantly, they gave  me so much support and warmth that I never felt alone.

The heat in Singapore was not as sticky as I expected. I suspect that the thousand umbrella trees which have turned the island into a little oasis must have something to do with it.  My friend lives in a condominium- beautiful semi-detached houses which have a communal swimming pool and a gym. This is not the norm: 80% of Singaporean housing facilities are government-built flats. More notably, Singapore does not allow the formation of “guethos”, that is, in every area there must be a balance of races. Clusters of  flats where only Indians, Chinese or Malays live together are forbidden. This is the result of Singapore’s long-term planning to re-house everybody and scatter and mix the different cultures to prevent  the concentrations -such as Geyland Serai- that  existed during British rule and were a catalyst to hate riots.

During my first night I am taken to a sea-food restaurant. Food is a national pastime. We eat Black Pepper Crab, Chili Crab with buns, Scallop with Yam- no words can describe the creamy velvety taste of those little thingies- and Baby Kailan. By the time I´ve finished dinner I know that you must ditch your diet if you come here, or your experience will be glaringly flawed.

I spent my first morning wandering through the streets of Singapore with a girl that had just returned from an exchange programme at IESE. It may be a cliché, but the world is a hankerchief. I, on the order hand, have never been  to Madrid yet.

We meet at City Hall Metro Station. She explains- in a milder accent that reveals that she is originally from Hong Kong- that the Supreme Court is currently being renovated in order to turn it into a world-class (a word repeated constantly by the government)  Arts Museum.  Now, the new guardians of the rule of law inhabit a towering building crowned with what resembles a greyish-UFO. The architecture of the New Supreme Court mirrors the values that it upholds. The glass panes that let the sunshine in are a metaphor for transparency. When you enter this crystal-palace,  you’re faced with numerous escalators to ascend not only to the Court Chambers, but to ascend to justice. As if you needed to go up and up and up to redeem yourself because you have fallen from grace.

We slip stealthily into Lai Siu Chiu´s Court Room, a tiny, leather-faced woman who has a reputation for being a ferocious judge who enjoys  grilling  lawyers with her sharp and incisive manner. The chamber is equipped with all the high-tech gadgets that a computer freak could ever covet: laptops, microphones, pen-drives that contrast with the scarlet upholstered armchairs  provided for the public and media.

Afterwards, we keep sauntering along the lively streets of Singapore until we reach Boat Quay. A string of commercial  and overpriced yet traditional Chinese and Thai restaurants offer exotic meal deals. In front of each restaurant there are huge water tanks with life lobsters and crabs. You choose the one you intend to eat; it´s the freshest of the fresh.  We get to a quaint small street crowded with locals who are looking for a place to have lunch, flickering through the shops located under a once-imposing archway that now looks slightly decrepit. A thick, strong spicy smell fills the air. There is an art to getting a table at this place. “Choping” is the Singlish -a variation of English that incorporates vocabulary from Tamil, Chinese and Malay- word to describe the practice  of leaving a packet of tissues “reserving” your table while you go to the counter to order your food. I am told I take spicy better than most Europeans. However, I am tried by Ikan Bilis – laminated strings of charcoal fish mixed with peanuts and a hotter that hot sauce. Prepare your fire engine when taking even a small bite of this Malaysian appetizer. We tell the waiter  that everything is bagus bagus -good, good- before returning to the Straits Tower Building.

Now, we are in the Financial District. My friend is currently an intern at Rajah&Tann, one of the Big Four firms in the legal arena of S’pore. This partnership, formed by an Indian and a Chinese, is located at a very exclusive address, in one of the few buildings that has a double sky garden. The elevator takes us to the 25th floor. The sight is breathtaking: the little inner bay before Boat and Clarke Quay, the Padang, the 4-part obelisque commemorating those who died during World War II, the glass-paned skyscrapers that shine like enormous needles that defy gravity, the Esplanade….  I was very scared of coming to Asia. One day here, and I am already taken by its welcoming citizens, its efficiency and discipline, and the perfectly welded modern and colonial architecture.  I can’t wait to meet the girl who is taking me on tour the next afternoon. My last free day before the start of any moot court duties.

Meritxell Burcet Sendrós. Estudiant de 4rt.

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Gateway to Asia. An arbitrator in Singapore (I).

If someone were to tell you that this ship was headed for Singapore, what would you say? Well, I could not wait to embark on such a journey!. My disbelief before that opportunity was comparable to that of Anne Darrow when she was asked the same question in the film King Kong. However, this was no movie and I am no beautiful actress. And yet, South East Asia was my next port of call since I had been appointed junior arbitrator in the 12th International Maritime Arbitration Mootcourt. I was equally thrilled and scared at the prospect.

I did not sail with the S.S Venture, but flew with Qatar airways over the north of the Italian peninsula and a myriad of Aegean islands; across the dark vastness of Saudi Arabia and India, as well as the clearness of the Andaman Sea and the Straits of Malacca.

9500 Km away from home and 23 and half hours later I landed at Changi airport. Just one quick look around the magnificence of the arrival terminal was sufficient to confirm that Singapore was swimming in wealth and had money to burn. I am welcomed by hilariously spacious waiting rooms, and corridors beyond elegant which would have been unthinkable 50 years ago. As the main British naval base in the Far East it had neither the prospect nor the aspiration for nationhood until the collapse of the European power in the aftermath of World War II. Today,  the Lion City can still not rival with the monuments we have in the Old Continent, but you can feel that this place is preparing itself to write the history of the future. And a bright one, at that. Singapore has had to sing 4 national anthems: Britain´s God save the Queen , Japan´s Kimigayo, Malaysias’s Negara Ku and finally the national Majulah Singapura. Singapore, to me, is not only a survivor, but a trailblazer. History has shaped the character of the its 5 million inhabitants who have been capable of building skyscrapers in the astonishingly short period of 2 years which glitter and beam at night time, alongside a port that has a life of its own and a Business District en par with London New York and Tokyo. Somehow, I feel surrounded by talent and perseverance. My mind flashes to Prince Sihanouk. He was a film director, scryptwriter, and actor.  Maybe, Singapore really is a movie set. The cameras are about to roll.

Meritxell Burcet Sendrós. Estudiant de 4rt.

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