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De Estrasburgo a Madrid a través de diferentes roles en “mootcourts” (1988 -2011)

De Estrasburgo a Madrid a través de diferentes roles en “mootcourts” (1988 -2011)

En mi cuarto año de carrera, en 1988, participé en el concurso René Cassin. Era una simulación de un pleito ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos con un complejo caso de abusos por parte de un Estado. Las principales dificultades estaban en la forma y en la materia. Era en francés, y los escritos de demanda y contestación debían estar en ese idioma que aún hoy no domino, y la fase oral –ante un tribunal de expertos, en la sede del propio Tribunal real, contra universidades de otros países- resultó ser muy real e intimidante. Yo sólo era suplente de un equipo de 7, en que cuatro acusábamos al Estado que vulneraba los derechos humanos,  y otros tres lo defendían. Pero habría sido capaz de improvisar algo cuando uno del equipo, de la mitad defensora del Estado, se desmayó en pleno alegato, y atrajo la atención del propio Secretario General del Consejo de Europa (en aquel entonces, Marcelino Oreja Aguirre) que bajó a interesarse por su salud.

Otro de mi equipo no sabía francés y ante la viuda de René Cassin (el francés que redactó con otros la Declaración Universal  de Derechos Humanos) logró disimular con unos “oui, oui” muy seguros su absoluta incomprensión de lo que aquella venerable dama le comentaba en las pausas de la competición. Mi francés era malo, pero sabía de qué iba el caso y me había impregnado de jurisprudencia del Tribunal –que no había apenas visto en mis asignaturas ordinarias-, en un esfuerzo bastante autónomo en que un estudiante de doctorado  –ahora catedrático- debía supervisarnos, pero que en realidad nos dejó a nuestro aire o nos abandonó a nuestra suerte. Quedamos cuartos de 12 universidades, frente a la universidad de Estrasburgo-que se grababan en vídeo en ensayos semanales, por lo que nos contaron- que aparte de anfitriona, ganó la competición. Nosotros nunca ensayamos y nos contentamos con lograr que la Universidad de Barcelona nos diera una ayuda para el viaje en tren, con transbordo en Port Bou, en un compartimento de todo el equipo (solos, sin el doctorando que debía ayudarnos, que no volvimos a ver). Inolvidable fue  el tufo del compartimento en el viaje de regreso, en que volvimos cargados de quesos comprados en Estrasburgo. Era como un anticipo del viaje de fin de carrera que haríamos el año siguiente, pero con una excusa académica. No nos cambiaron exámenes ni nos liberaron de ir a clase, pero aprendimos muchísimo y nos lo pasamos “bomba” (como entonces se decía). De aquel equipo, una es ahora directora de relaciones internacionales de la Escuela Judicial tras haber sido vicedecana de la Facultad de Derecho, otro es profesor titular de Derecho Internacional Público en esa misma facultad y director del Instituto de Derechos Humanos y una tercera es funcionaria del Banco Mundial y el que no sabía francés acabó en el ayuntamiento de Barcelona.

Años después descubrí  que a esas competiciones entre equipos de estudiantes de universidades de otros países  viviendo un caso imaginario como si fuera real se denominan “mootcourts”. Un juicio simulado, pero no bufo, porque no se busca ironizar sino poner en práctica los conocimientos jurídicos con las habilidades que luego necesitarán en la vida de jurista. Con ello, acaban redescubriendo lo que aprendieron y profundizando hasta extremos insospechados en casos que, en una primera lectura, parecen sencillos. Una de las aptitudes de todo jurista –a mi juicio- es comprender que nada es lo que en principio parece, y las posturas más insospechadas acaban siendo defendibles si se las estudia con ganas.

En el 2006 otro “mootcourt” se cruzó en mi vida. El de un pleito ante el Órgano de Solución de Controversias de la OMC, organizado por la European Law Student Association o ELSA. Una alumna aventajada  de ESADE –que ahora está en Berlín haciendo el doctorado en Derecho Penal Internacional  con una beca de “La Caixa”- logró crear un equipo con otros tres estudiantes y me pidió que les ayudara en la preparación de de los escritos y de las fases orales. Dado que el Dr. Montañà tiene una tesis sobre la OMC-la Organización Mundial del Comercio- , y dado que a la OMC sólo se dedica una hora en el curso de Derecho Internacional Público que ambos impartimos –con el conocido caso Shochu de muestra inolvidable- , tuvimos que hacer sesiones de profundización, de ensayo, de redacción de las demandas y contestación del pleito entre dos Estados imaginarios.  Pocas, por lo que supe después. Pero en aquel momento no había interiorizado aún el papel de “coach” o entrenador del equipo. Al menos, no desaparecí como había hecho aquel doctorando en 1988, ofrecí todo mi escaso saber al equipo, y todo el tiempo de que dispuse. Con un espíritu parecido al que tenía yo en 1988, el equipo se fue a Roma. Yo les acompañé tras un extraño viaje desde Zúrich a Nápoles –donde inicialmente era la ronda europea- en avión “low cost” y luego en tren nocturno hasta las afueras de Roma, al centro de alto rendimiento deportivo donde pernoctamos. Nos eliminaron rápido y acabamos haciendo turismo por el Vaticano y el foro. Pero ellos aprendieron y conocí al novio de entonces de la instigadora del equipo, ahora diputado en el Parlamento de Cataluña.

En el 2008, otra alumna aventajada pidió crear otro equipo para la ronda europea del caso del “mootcourt” de la OMC del 2009, que acabó siendo en Frankfurt del Oder. Lo creamos, vivimos la presión de cumplir los plazos para la remisión de escritos en inglés –que hicimos sin ayuda- y aparte de aprender mucho derecho internacional económico en el proceso, supimos de biocombustibles –era el tema del caso de aquel año- y la instigadora consiguió un novio especialista en esa materia. No ganamos, vivimos la intoxicación alimentaria de otros equipos –las dos vomitonas en el coche, camino de Berlín, serán inolvidables-, y pernoctamos en Polonia, en una residencia de estudiantes al otro lado del río Oder, donde nadie hablaba inglés.

Desde entonces he repetido el papel de profesor encargado (o “coach”) con equipos nuevos de estudiantes de ESADE en otra edición del “mootcourt” de la OMC –en el 2010, sobre medicamentos tradicionales,  acabamos en Helsinki, siempre a mejor, pero nunca ganando, a pesar de que dedicamos más horas en ensayos , en escribir siguiendo las estrictas limitaciones de forma, en aprender más y más derecho de la OMC  –. Ahora competimos en el simulacro de pleito ante el Tribunal Internacional de Justicia, conocido como Jessup. En el 2011 el caso iba  sobre un ataque con aviones no tripulados y este 2012 sobre un golpe de Estado y la intervención humanitaria de una organización regional . Este año hemos llegado a la ronda de exhibición en Washington. Pero siempre podemos hacerlo mejor y como “coach”, con la ayuda de Miquel Montañá y María Boada, intentamos descubrir qué hicimos mal. Qué nos falta para llegar a ser los mejores.  Porque en la ronda española la que daba paso a la de Washington, nos venció por décimas la Universidad Carlos III. Quizá sólo nos falta el aplomo y la seguridad en la exposición de los alumnos de la Carlos III de Madrid.

Lo digo ahora que he pasado al tercer nivel. Había vivido un “mootcourt” como estudiante y luego como profesor que sufría por su equipo de estudiantes. Ahora lo he vivido como árbitro, como parte del tribunal de las semifinales de la IVª Competición Internacional de Arbitraje y Derecho Mercantil, conocida como “MootMadrid”, porque la creadora de este “mootcourt” en español es la Universidad Carlos III con el apoyo de UNCITRAL . 17 universidades participantes, algunas de Francia, Estados Unidos, Costa Rica, El Salvador, etc. y en español, lo que facilita ,muchísimo las cosas.  En la semifinal en la que participé como coárbitro tenía que decidir entre la Universidad Católica de Asunción y la Universidad Carlos III. A las 12.30 del viernes 1º de junio del 2012, en una sala de juntas del despacho Broseta llena de estudiantes, con un coárbitro brasileño (Francisco Pignatta) y presidiendo Mª Mercedes Tarrazón (vocal española de la Corte Internacional de Arbitraje de la Cámara de Comercio Internacional ), aplicando el nuevo reglamento de arbitraje de la CCI, escuchamos las alegaciones de Regenta y de Vetusta. La segunda, representada por el equipo paraguayo, habló primero, por acuerdo previo entre las partes, para discutir la jurisdicción del tribunal. Porque en este “mootcourt” no hay las reglas que en otros son muy estrictas sobre el tiempo que puede hablar cada equipo y los límites formales de las demandas. Asumiendo la flexibilidad y la autonomía de la voluntad de las partes que es consubstancial del arbitraje, éstas habían pactado los plazos y el orden. Aunque no los cumplieron a rajatabla (debían ser 13 minutos para los aspectos formales y otros 13 para el fondo, con 2 más de réplica y dúplica en cada tramo, y hablaron 15 minutos en su alegato principal), el proceso fue rápido y antes de las 14.00 y habíamos acabado. El tribunal se reunió a deliberar.

Vetusta es una constructora de un país imaginario, Cervantia, que acuerda con una fabricante de cemento extranjera –Regenta, de otro país de fantasía, Andina- , mediante un contrato llave en mano, la edificación de una fábrica de cemento por 140 millones de Euros, pagaderos en tres fases, siguiendo los plazos de construcción. Pero antes de terminar el primer plazo descubre unas aguas subterráneas que no había detectado con las pruebas que había realizado, y debe ampliar la cimentación, con un incremento substancial de costes (40 millones de euros). Unos mensajes electrónicos intercambiados entre los encargados de cada empresa eran interpretados por una parte -la constructora- como cumplimiento del artículo del contrato por el que se podía variar éste y por la otra –la propietaria- como simplemente información de lo que ocurría en la obra. Si añadimos huelgas y un entorno social enrarecido (otros 8 millones de euros de ajuste), la obra acaba bloqueada sin acabar y la propietaria ejecuta entonces una garantía a primer requerimiento que la constructora había pedido a su banco a favor de la propietaria, por 40 millones de Euros.  Garantía sometida a las Reglas Uniformes relativas a las Garantías a Primer Requerimiento de la Cámara de Comercio Internacional en vigor, las URDG 758. En ellas (art. 20) se indica que el banco tiene que pagar tras los 5 días que le dan para comprobar los documentos que permiten la ejecución. Aquí eran, o una decisión de un ingeniero consultor ajeno a la obra, o un comité de tres personas para la adjudicación de disputas. La constructora impugnará luego ambos documentos por entender que son nulos por emitidos sin imparcialidad, pero la ordenante los tiene y espera el pago. Sorprendentemente al sexto día un juez de un país distinto del de la sede del banco, ordena su bloqueo, y el banco obedece (en realidad, consultadas varias asesorías jurídicas de bancos españoles, una orden de un juez extranjero recibida por notario se ignora). Los árbitros teníamos que resolver este galimatías tras escuchar las partes.

Durante la audiencia –tres mujeres y un hombre- tuve oportunidad de hacer preguntas para ver la cintura de los “letrados” ante preguntas imprevistas: ¿Está en vigor en Convenio de 1995 de Naciones Unidas sobre Garantías Independientes y Cartas de Crédito Contingente? (el caso aseguraba que ambos Estados eran parte y los escritos utilizaban ese articulado para justificar sus puntos de vista, pero no constaba si el tratado había logrado el mínimo de ratificaciones (5)) La respuesta de la estudiante fue un salto a la piscina evidente. No sabía la respuesta, pero como no debía dudar y sólo había dos opciones, optó por una: “Sí, está en vigor, claro”. Lo está, porque 8 países lo han ratificado, pero ninguno importante, sin contar a Andina y Cervantia. ¿A quién quiere que  dirijamos la orden para levantar el embargo de la garantía? ¿Al banco? ¿Por tanto, hay que incorporarla a este pleito como parte y entonces se convierte en multiparte? “No sería oportuno”, respondió la estudiante, con habilidad. ¿Si querían una medida cautelar, por qué no usaron el nuevo árbitro de emergencia? “porque es opcional” (otra respuesta correcta a pesar del desconcierto de la estudiante ante la pregunta inesperada). Siempre con la extrema cortesía que aprenden como protocolo ante el tribunal: “Muchas gracias por su pregunta, si me acompaña a la página 20 del escrito de demanda verá que la cláusula 18.4 detalla los riesgos del propietario”. A veces, también sorprenden al tribunal en sus explicaciones y debo confesar que las aclaraciones sobre las técnicas geofísicas de la letrada de la demandante –de la Carlos III- fueron las que me hicieron decidir a su favor. Aquello no era derecho, pero aunque era complejo estaba bien explicado, era convincente y lo decía con seguridad.

Quizá deberían haberme recusado como árbitro que podría tener enemistad a la Carlos III porque como universidad ganó a ESADE en el Jessup tres meses antes. Pero no lo hicieron, ni lo sabían, ni yo sabía quién sería el semifinalista. Por otro lado, en el debate del tribunal, expuse el primero mi opinión favorable y acabo siendo unánime. Ganaron esa semifinal por poco y ella acabaría siendo la mejor oradora de la competición. Justa decisión. Pero la Universidad Carlos III acabó arrasando y ganando los premios a mejores escritos de demanda y contestación, y la final –como demandada-. Aquí discrepo, porque me leí su escrito con detalle  y contenía errores que luego exhibí a los ganadores. A mi juicio los de la Universidad de Versalles fueron más convincentes y debían haber ganado el “mootcourt”. Pero el tribunal de la final lo componían una jurista española residente en París –Carmen Núñez Lagos-,otro abogado brasileño (Fernando Marcondes) y el Vicesecretario General de la Corte Internacional de Arbitraje de la CCI, José Ricardo Feris, que lleva muchos años viendo cientos de casos de arbitraje. Seguramente tienen mejor criterio que el mío, y por ello, como en los dictámenes, me someto al suyo.

Además Feris ha vivido en su propia piel ese cambio de papeles en “mootcourts”, porque cuando estudiaba en Nueva York y tenía pelo quedó finalista en uno sobre derecho comunitario –es lo cuarto que se descubre en “google” al poner su nombre-. Por lo que sabe qué supone esa responsabilidad de dar vencedor a un equipo y no a otro. Porque alguien tiene que ganar. Es una competición.

Regresé en avión tras la final, los discursos y las conversaciones en el cóctel final. Descubrí que el mismo que organizaba esta competición, profesor de Mercantil de la Carlos III, era el “coach” del equipo que nos venció por poco en la ronda española del Jessup. Uno de mercantil en un caso de internacional público. Tan curioso como que uno de internacional público estuviera haciendo de árbitro en un caso de mercantil, que era mi caso allí. Regresé con una camiseta de verde pistacho fosforescente que me regalaron los organizadores y que ya sudé al día siguiente corriendo al sol por la playa de Arenys antes de mi primer baño de la temporada. Una camiseta con un montón de bufetes patrocinadores. Una camiseta a añadir a la negra de manga larga –con un único bufete patrocinador- que me trajo de Washington el equipo de ESADE que se fue al Jessup.

Una experiencia nueva que completa el círculo. Una convicción asentada tras las tres vivencias. Los “mootcourts” son una magnífica manera de aprender y quizá el tener una asignatura y créditos dedicado a ello ayuda que la Universidad Carlos III acumule tantas victorias –también ganaron el Vis de Viena, de arbitraje pero en inglés, hace unos años-. Y una añoranza: Qué envidia da ver tanta juventud con talento metiéndose en los casos, gritando de alegría o de desilusión al saber los premiados, asumiendo el rol de persona adulta ante los retos de gente de que van a juzgar su trabajo. “Juventud, divino tesoro”. La mejor forma de experimentar el futuro que les espera. Un futuro que empieza en “mootcourts” y acaba llevando a cada uno a una destacada posición jurídica, como los hechos parecen demostrar.

Jordi Sellarés Serra. Profesor asociado de Derecho Internacional Público- ESADE, y Secretario General del Comité Español de la Cámara de Comercio Internacional.

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Gateway to Asia. An arbitrator in Singapore (& IV)

I wake up bright and early. Get dolled up, ready to play, and sing and look the part. Trying to convince the voices in my head that I have read possibly all the common law jurisprudence that there is on “extending arbitration clauses on third parties” I have the most absolutely delicious breakfast. Roti Prata, a popular South Indian dish. It`s like a rice paper-thin, spider-web thin pancake served with dahl –the one I like –or fish curry- yikes. Full of energy thanks to my friend’s mum who feeds me like a queen, my friend’s dad kindly drives my to Bukit Timah, were the National University of Singapore is located.

I much enjoy the eloquent conversation of this poised, well-educated and charming banker. While driving, he tells me curious details: ERP (Everyday Road Pricing) -most commonly referred as Everyday Robbing Practice – is the toll system in Singapore, payable at booths on the expressways or (more disturbingly) automatically deducted via wireless electronic charge. ERP is supposed to discourage the use of private transport in favour of the subway, since traffic jams are not compatible with the kind of city that Lee Kuan Yew envisions, namely, an efficient, business-friendly city. Wasting time stuck in a road would be an unpardonable crime. However, sometimes, so much control, does have an uncanny resemblance to 1984. On the other hand, though, I am a strong defendant of slightly authoritarian leaders, because the human race is too inclined to idleness. People tend to need direction and guidance and encouragement to do better. People need rules and need to learn to obey. Provided, of course, that these are conducive of excellence and well-being, and not just a bunch of quickly cooked-up impediments to perpetuate the position of those in power not for their merits, but for their “surnames”.

I descend from the car, trotting along with the highest heels I have worn in years because feeling tall gives me a sense of empowerment, which today I am most certainly sure I will desperately need. Before entering the Arbitrator’s room to be briefed about the rules of the Mootcourt, I explore around the different pavilions of the university. You can almost smell that this institution is not skimpy with its students. Both the Lee  Kuan Yew and the Li Ka Shing departments are clean and spacious. The library is not set in a basement and has heaps of bright natural light that seem to encourage you to devour books like Matilda Wormwood or Don Quixote. Anyone can use the computers without having to enter idiotic passwords, printers print on your command, photocopiers photocopy without getting clogged or endlessly begging for more paper and IT people actually know about IT. Everything works. Everything is on time. Even I am on time.

Briefing room. I find my tag name on the table. I am addressed as Meredith, Maria or Miss Sendros; and you can see people squinting as  they struggle to decipher the name of this young girl that contains a “t”, and “x” and a “double l”. The other arbitrators distribute business cards, written in English on the cover, and on Chinese on the reverse –do not ask me if it is the classical or the simplified version, since I am too ignorant to notice the difference. Once again, I am the odd one out: In class, I tend to feel awfully old in comparison to my peers. Here, I feel awfully young. Apparently, I cannot win the age battle.

Kate Lewins –the Australian moot court coordinator- distributes the score sheets – where you allocate points to “legal command” but also to “poise and attire” of the students. On the board, there is a grid that tells me that I will not be presiding the tribunal –thanks be to God- and that I’ve been paired with two Indian arbitrators from the Gurbani partnership.

Room 5. I walk decidedly to my seat, fill in the form with the names of the students, pour myself a glass of water and restrain myself from sighting. I am shaky like a piece of pudding that has fallen from the table to the floor and one of the guests of the party has just stepped over it, and feels like an orphan. I start playing with the pen, trying to calm myself down, and then, zas!, the soft and slow voice of Dr. Montañà seems to whisper in my ear that this is not a very professional “thing” to do. I put the pen down, thanking my teacher without him knowing, and finally, my mind is able to concentrate  on  the Indian girl who is struggling with the “over the ship rail rule” that does not apply to liquefied gas – a rule that establishes that the risk is on the buyer once the goods have passed the ship’s rail. However, how do you establish this with a liquid that goes through a pipe that needs many valves, and whose unloading requires the assistance of  the Port Authorities, the consignee, and the carrier? I am sure that the people from Lukoil in the Barcelona Port now the answer: the ship’s flange.

Just for quick reference, the facts of the case at hand, broadly and extremely colloquially summarized, were as follows: We had this shipment of LNG, evidenced through a magical transport document called Bill of Lading. There were various shipments. For each shipment, you had a different BL. These BL’s (supposedly) incorporated, through general wording, an arbitration clause. However, this arbitration clause was never printed in the actual documents. In the case, the companies that entered into the contract for transport of the liquefied natural gas had a history of prior dealings. One day, catastrophe ensues. One of the members of the crew introduces a flammable device while unloading of the cargo is taking place causing a fire because there is a leak in the pipe of gas. The ship ends up wrecked. Now we are faced with questions such as:

Does the Arbitral Tribunal have jurisdiction to hear the case if the parties did not sign an express agreement to arbitrate, they did not contract on standard terms and the only incorporated clause there is, is incorporated through general wording?

Did the carrier breach its responsabilities for proper care and discharge of the cargo under article II of the Hague Visby rules and therefore the consignee was unable to render possible its obligations? Or did they have a combined duty to discharge it since it was a gas cargo that requires specific pipe to be unloaded?

Having said this,  now it was the turn of the second team. So far, I have not asked one single question, and I wonder if I am stupid , a coward or both.  And  then, like an epiphany, I see clearly that I should ask the Australian boy, who is going on and on and on without end about the Hague Visby rules, how does he come to the conclusion that this Bill of Lading is in fact governed by the Hague Visby Rules! He is thrown of the rail, does not produce a coherent answer, and I feel profoundly sad –for him- and profoundly happy- for me- at the same time. He does not mention the Paramount Clause, and cannot explain that that when the port of shipment has no enactment of the „Hague Rules‟, „the corresponding legislation of the country of destination shall apply.‟

Since shipment occurred in international waters where there is no legislation giving compulsory effect to the Hague Rules, the law of the stated place of destination must be considered. Given that the HV Rules have been given „the force of law‟ in the stated place of destination, the HV rules apply. I confess it took me a lot of time to get this conclusion.

Time’s up. We send the mooters outside of the room. The two Indian gentlemen treat me with the outmost respect, as an equal, and we give the participants the score they “deserve”. Having been an ex-mooter myself, I will discover, being now part of the panel, that in these “contests” luck, or destiny plays a bigger role that you would imagine. The first moot I heard, the participants were anything but mediocre, yet they were princely rewarded with 34 points (out of 40) by the Indians. On another round, a ruthless, phlegmatic, thin like a spaghetti Chinese arbitrator, gave the guys from the UK- much more coherent, who knew their case law and did not go off on a tangent- a mere 25 points. This is only to illustrate, that winning and school marks, may not be as objective as we naïve students are made to belive.

I am exhausted. The rosy, idyllic idea that teachers have an easy ride when they correct exams is complete erased from my head, and I realise that it takes a lot of courage to stand up in front of an audience where you can be shot down with questions. They could always discover that you are less educated than they are. My first day has come and gone like a flash. It has been an enlightening  course of business demeanour, of shipping law, of English language, and above all, a cure of humbleness.

Meritxell Burcet Sendrós. Llavors, alumna de 4rt de vacances. Ara alunma de 5è d’intercanvi a la Bucerius Law School (Hamburg, Alemanya)

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Gateway to Asia. An arbitrator in Singapore (III)

Somehow unexpectedly- as life is just the things that just “happen” to you while you are too busy planning “it” in your head- my afternoon turns into a crash course in architecture. A fragile, teeny-tiny girl –and mind you, the only true Singaporean I’ve met so far- is my Virgil now that we further venture into the streets of Singapore.

Colorful and festive. Dirty and slimy.With a name that rings like a tongue twister. That is Mariammam Temple, the oldest Hindu Temple in Singapore. Its tapered gopuram (tower) is shaped like a beehive that would defy that of an Amy Winehouse. This rococo visual-show of richly ornamented carved sculptures of Hindu deities is a true architectural ode to horror vacui. Bare feet (I try my best to politely set aside any concerns about germs and fungus in the name of religious respect) we enter the garbha gribha (the inner sanctum) were there are an infinite number of trays with bananas offered to the blue four-armed god Vishnu. There is also (gone-off) milk at the feet of Ganesh – the half elephant god of the Beginning and Lord of Obstacles. My galloping thoughts are absolutely irreverent: but all these paraphernalia does not awake in my any spiritual or religious instinct, but makes me feel as if I were queuing for a casting to join a circus.

After asking a lost Portuguese tourist to take a picture of us we leave this place that seems stolen from Burnett’s novel “A little princess” and we brace ourselves for the Sultan and Jamae Mosques. Forget the over-bearing, all-too-voluptous Hindu iconography and embrace this astonishingly austere yet princepesque works of art. Mosques tend to follow a common pattern: all have a prayer hall, a minaret and a mihrab indicating the way to Mecca. However, later on that night, while phoning my parents letting them know that I am a safe and sound, my dad will tell me that Islam is not represented in one unified style in Singapore as it is, on the skyline of Istambul. That night I will “day-dream myself” to sleep, thinking about the sweet waters of the Bosphorus. Moreover, our “Islamic exploration” is cut short, since we learn with great disappointment that our gender bars us from entering any of the Mosques, not even as visitors.

We keep on wandering Arab street. Then, “I-spy-with-my-little-eyes”… a half hidden shop selling flamboyant devices, useless artefacts, and shiny bits and bobs. I excitedly ask my guides if we can detour and they politely smile and let me run wild. We all end up making “glue-indonesian-bubbles” (transparent balloons made of glue that you inflate with a plastic twig), and chatting with a crazy old man that only spke mandarin rhar showed to us a motorbike like one of those that John Travolta would drive in Grease.

Having survived this eccentric parenthesis, we toddle along the edge of Kampong Glam (once the seat of the Malay Royalty), only to find an exellent example of folly modernity rendered on a gigantic scale: In the middle of a piazza were it feels you are being cross-examined by the 18 pairs of eyes of the statues of Churchill, Dante and Chopin and the like, Parkview building pops up. It’s a trapezoidal, golden, kitsch tower with a 1920’s air. Inside, there is a retro bar, with a black polished piano and waitresses flying around dressed as what I can only call “angelical whore” customs that will gladly fetch you an over-priced alcoholic drink if you care to rest for a while in one of the crimson armchairs.

Like bedraggled cats, we are out of breath, out of energy and ready to enjoy the delicacies of… Japanese food. We have dinner with the fragile Singaporean girl, one Malaysian girl, my adorable host and her boyfriend, and and two girls that will be court officials at the Mootcourt. Needless to say the food –laksa, ginger, Chinese tea- is superb. But the dessert! Oh! God! Yet another downfall to my attempts to lose weight. That night I discovered black-sesame ice-cream from Hokkaido (north of Japan). Black sesame ice-cream is like an ugly yet intelligent boy: you look at it and you would not dream of tasting a spoonful of that disgusting food that is the colour of cement, like the hair of an old-gray-granny. Once you are past you initial reticence, you taste it, and you are hooked with its cereal-feel that is a party for your taste buds.

During dinner, we talked about the wonders of London, the joys of CTLS despite the fact that transnational law as separate body of law is a commercial-bluff, about the peculiar -yet profusely loved by all the students – Mr. “Selares”, about Barcelona and Spain, and the fact that Indonesia is the only civil law country in South East Asia and the fact that Singapore has a written Constitution. And we laughed and we were happy, now that is supposedly the time to be happy, now that we don’t have to worry ourselves to the grave about mortgages and “adult” responsabilities.

The fragile girl renders a tribute to “The sound of music” with her lovely lyrical voice before we all say farewell and take the MRT back to Taanh Merah to get some sleep before we really have to face the music and experience what it feels to be an Arbitrator, what it feels to be the one examining, and not the one examined.

Meritxell Burcet Sendrós, ara ja alumna de 5è a la diàspora, a Bucerius Law School (Hamburg, Alemanya)

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CTLS. London 2011. 4 months commutting.

 

London 2011. January-April. Summary for English speakers.

35 nights sleeping in The Caesar, a 4 star hotel in Bayswater, between Kensington Gardens and Paddington Station. 28 nights in room 104, the smallest one, I guess, where I still have not got used to the van in the toilet, the ants on the floor or the strange way to make beds. But where I feel now almost like at home, knowing that many of the staff are football fans of Barcelona and being treated like the usual client I have become, though I have only slept there.

38 planes in 4 months. I have got enough miles for a free flight to Los Angeles.  I know the video of British Airways recommending to take out the high heel shoes when the plane has an emergency landing by heart. I will not miss gate 24 from Heathrow, Terminal 3, nor gate D 10, 14 or 18 from El Prat. I will have not solved the enigma of why buses at Heathrow terminal have only one door.

48 students in two classes.  Most of them, brilliant people. All of them, with a much better knowledge of English than me.  I have learnt English (to set aside an award, Maundy Thursday, second leg for football matches) from them and for them. I have been anxious to read the many pages I had told them and to discover how to fill three hours per week on International Commercial Arbitration or two hours on Diplomatic and Consular Law and Practice. With such good students it turned out to be possible, as they did very good presentations (mostly with powerpoints I should have collected and posted in TWEN, the US webpage where all the materials were available), they read what they were told (though I could not believe that at the beginning) and they even created a DVD with a new set of movie and TV series where there are references to diplomatic relations. It is enriching to be in an atmosphere of powerful young brains, always ahead of yours, that get to the point before you have even started your reasoning.  I might be the only one to call them by their surname, to take them to 5 Embassies and Consulate (6, as in Marilyn Monroe’s movie, “The prince and the showgirl”, (where before attending a royal wedding, she is told that a century ago, in London, there were only 6 embassies) or to ICC in Paris, or celebrating Sant Jordi in a different way,  but I feel that at last I am the student and it is them who can tell me: “Elementary, Dr. Watson”, As Holmes, not Sherlock, told his writer every now and then.   If I had been staying in London all this time I might have been able to do it better in advance. But I could not stay longer (my boss at ICC did not allow me more than two days per week) and it is now that I know where to improve my classes in English. Maybe too late.

One football match (Arsenal 2, Barcelona 1), two theatre plays (“The Mousetrap” and “The 39 steps”), two operas (“Il Barbiere di Siviglia” and “Die Zauberflöte”), two movies at more 15 pounds the ticket (“The Kings’ Speech” and “Unknown” –to be released in Spain in two weeks-), 4 movie nights (“The Interpreter”, “Anatomy of a Murder”, “The Lemon Tree” and “In the loop”), one pub night (with “Lent buns” (bunyols de Quaresma)  imported from Barcelona), many lunches previous to the colloquium with guest professors or professors, one high tea (without tea, to my surprise)  at professor Ramraj’s home, with my watched stopped and almost missing my plane, two weekends  in London (one with friends, another one with my family), many nights walking for more than an hour and a half to my hotel, discovering London , many more mornings jogging for more than 40 minutes in Hyde Park and Kensington gardens, squirrels, one fox  staring at me at midnight, a few taxis and their impossible ability to turn round, many newspapers (“The Times”, “The Independent”, “London Evening Standard”, even the “Daily Mail”), two quick visits to free museums (the British Museum or the National Gallery)… that is a compressed summary of these 4 months as commuter to London, flying in every Tuesday night and going back home every Thursday night.

5 kilos lost in between, eating much less than usual. Less money in my account (as my job at ICC Spain, only three days per week (Monday, Tuesday and Friday), has logically also been compressed).  No English taxes. But I end up with the feeling that all this was worth any effort, money or lack of sleep necessary. I am sure that it will not only be nice to add two lines in my c.v. referring to this London experience, I am convinced that my approach to life and to Law will not be the same, it will be transnational from now on. As the Center for Transnational Legal Studies that has hosted me, the students and the courses during this term. The project, headed by Georgetown University and with many universities around the world in its pool of students and professors, is a good idea. I am now even more convinced of it, when I am leaving London without knowing the outcome of the referendum on May 5th on the alternative voting that might change the elections in the UK or missing the Royal wedding that has filled the air for the last weeks. Will I come back to London? Perhaps in Wembley next month, for the Champions League final.

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CTLS. 4 meses de viajes a Londres. Una visión.

 

Londres, 2011. Recapitulación de 35 noches y 38 vuelos para dar 5 horas de clase semanales

Se acabó el invierno y la Cuaresma. Ya tengo derecho a la tarjeta plata de Iberia Plus. Terminó el cuatrimestre en el Center for Transnational  Legal Studies. Debo devolver las llaves del despacho que usaba, en el 3er piso del edificio que es la frontera entre Camden, o Bloomsbury, y la City, justo frente a Chancery Lane cuando desemboca en High Holborn. Dejo Londres más sabio y conociendo mejor la ciudad, en la que nunca dormí cuando estudié en Cambridge. Regreso a casa ignorando si he logrado enseñar nada, pero sabiendo los apellidos de  los alumnos que nadie más ha usado tanto como yo. Cuatro meses de “arbitraje comercial internacional” y “derecho y práctica diplomática y consular”, 48 alumnos diferentes, de una docena de países, en inglés, siguiendo un sistema anglosajón de lecturas previas y debate en clase. Cuatro meses de tensión, angustia, para llenar tres horas los miércoles (de 15.45 a 16.45, arbitraje) o dos los jueves (13.35 – 15-35), leer lo que les exijo, corregir los tests de control, en paralelo con la vida de Barcelona, donde he seguido trabajando lunes, martes y viernes.  También corrigiendo exámenes, o apoyando a un equipo en una simulación de pleito internacional , en ESADE, que es quien me ha sufragado los gastos de tanto viaje de 1.150 km. para ir y volver a Londres.

En la memoria quedará un par de noches de miércoles en el cine, un partido de fútbol en el Emirates Stadium (Arsenal 2 – Barcelona 1), dos partidos vistos en un pub junto al Támesis con la peña azulgrana, dos óperas en el Royal Opera House (“El Barbero de Sevilla” y “La Flauta Mágina”), un par de obras de teatro con aires añejos (“La Ratonera” y “39 escalones”), sesiones matinales de “footing” en Hyde Park y Kensington Gardens ( entre las 07.40 y las 08.25), largos paseos nocturnos de más de una hora y cuarto para conocer la ciudad sin mirar el mapa, cinco embajadas visitadas (EE.UU., Méjico, Suiza, Alemania, España), un consulado (Colombia), la oficina del gobierno autonómico catalán, unas pocas cenas, siempre a hora española (un par de italianos, Jak´s en Chelsea, L’Entrecotte en Marylebone , Malevo en Connaught Place, al lado de donde vive Tony Blair, un chino en Soho) muchas más noches sin cenar, bastantes almuerzos de profesores para hablar de derecho desde muchos ángulos diferentes (siempre en italianos), cuatro “movie nights” en el propio centro, una “pub night” con alumnos y buñuelos de Cuaresma, un par de ocasiones en la biblioteca de King´s College.

Recordaré la cantante de ópera en las escaleras mecánicas de Harrod’s, la zorra que miró en la noche desde el “parking” de autobuses de Kensington Gardens (una zorra animal, no una fulana), la musiquita de la película de tantos vuelos en British Airways o de tantos viajes en tren con el Heathrow Express, las voces grabadas de los ascensores o el metro. La sorpresa de los días de sol, la paciencia de de los muchos más días grises. Los largos silencios. La mejora inconsciente del inglés, aprendiendo palabras y expresiones hasta ahora desconocidas. La lectura de “The Times”, “London Evening Standard”, “Daily Mail”, “The Independent”, sus sudokus, sus chistes, sus artículos de opinión. Las revueltas árabes y la guerra civil libia, con su embajada defendida por la policía, frente a los “okupas” rebeldes que se instalan en la azotea, mientras los británicos bombardean el país. La gran cantidad de coches de lujo (en la embajada de Méjico, se ofrecía un Bentley de segunda mano por 6.500 libras). Los hombres de “smoking” y las mujeres muy extremadas, o sin medias y embutidas en un vestido salchichón (metáfora de una alumna alemana crítica)  en pleno mes de enero o febrero.  

Sabré que también tosen en la ópera o van en bici ignorando las prohibiciones y las quejas de los peatones.  Que en los periódicos no hay cartelera ni anuncios de contactos. Que en los desayunos de la BBC hay noticias locales, parte meteorológico londinense, noticias globales y parte meteorológico británico para pasar luego a los deportes. Que siempre ofrecen pimienta antes de cualquier plato.  

He pasado dos veces por París, una por Madrid, otra por Bruselas y un día en Zúrich. En Londres hay miles de diplomáticos (según los suizos), la embajada más antigua es la española (que tuvo en Catalina de Aragón una embajadora antes que esposa de Enrique VIII), la de Estados Unidos es un búnker. Sé que hay 12 españoles en prisiones británicas,  4 suizos,  100 alemanes,  168 colombianos,  de los 11.367 extranjeros que se unen a los británicos para sumar 85.400 en la cárcel. Aún queda sitio para más, porque su capacidad carcelaria total es de 88.000, a un coste de 1.500 libras semanales por preso (más que dormir en mi hotel). Sé que un DNI suizo cuesta 21 libras y en esa embajada suiza se expiden 15.000 visados Schengen. La alemana expide 22.000 (que explica las colas dentro de su Embajada en Belgravia). Méjico tiene 50 consulados en Estados Unidos para 10 millones de mejicanos allí, 6 de ellos sin papeles, de un total de 29 millones de mejicanos de origen.  En contrapartida, hay 250.000 estadounidenses en el Reino Unido, 5.000 mejicanos, 31.200 colombianos,  300.000 alemanes, 3.000 suizos y 50.000 españoles (según cada una de las embajadas afectadas).

En todo este tiempo, he perdido unos 5 kilos. He dormido casi siempre en la habitación 104 del Hotel Caesar, donde el ventilador del baño es eterno y en el suelo hay alguna hormiga. No he tomado ningún té ni siquiera en el “high tea” al que me invitaron. No he comido “fish & chips”. No he apostado.  No he ido a ningún casino ni a ningún local nocturno.  He comido en los parques un sándwich y cafés (expresso, 1 “shot”) en Starbucks.  No he seguido el mundial de cricket, que ganó Sri Lanka. He sido turista en los ratos libres (London Eye, Museo Británico, Greenwich, Covent Garden, Parlamento y White Hall). Y al final ya no sé si me he convertido, en una pequeña parte, en un londinense transgénico que celebra Sant Jordi y no estará en la boda del heredero real ni en la votación sobre si cambian de sistema electoral para pasar del voto mayoritario a uno en que se valoren las preferencias

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