Las dos Razones

Armin Meiwes era un chico normal en la escuela, aunque algo retraído y apartado de sus compañeros. En su familia vivió las sucesivas separaciones de su madre y al final de su pubertad vivía sólo con ella, sometido a una estricta disciplina. Estos antecedentes no son nuevos en la historia de los criminales más famosos del mundo“.

De esta forma tan novelesca introduce Wikipedia la vida del caníbal de Essen (nombre de ciudad que, cruel coincidencia, significa “comer”), famoso por haber publicado un anuncio en Internet en el que buscaba algún voluntario que quisiera ser comido. Sorprendentemente, lo encontró. Este hecho, aparte de servir de carnaza para los medios, otro tipo de canibalismo mucho más sofisticado, también ha dado pie a discusiones filosóficas de nivel: ¿Homicidio o suicidio asistido? ¿Tenemos, o deberíamos tener, la libertad suficiente para decidir acerca de nuestra propia vida?

Sin embargo, no quiero reiterarme en lo mismo. Me interesa otra cosa. Me interesa saber por qué un acto como este repugna a la sociedad. Argumentos habrá miles con distintos enfoques, pero hay uno que tiende a repetirse: “es moralmente repugnante matar a otra persona, incluso con su consentimiento”. Si preguntásemos qué es lo que justifica que se puna el homicidio, la violación, el aborto, el genocidio, etc., seguramente encontraríamos que además de argumentos de seguridad (legitimadores del Estado), habrían respuestas de tipo moral como la anterior. Y es entonces cuando deberíamos preguntar: ¿merece el mismo castigo un asesino que aquél que mata a un perro? Si Armin Meiwes se hubiese comido a su gato (en caso de que lo tuviera), ¿debería haber sido también condenado a cadena perpetua? A la inmensa mayoría nos parecerá asqueroso el maltrato animal, pero muchos de éstos probablemente no considerarán equiparable una cosa con otra. ¿Por qué? Principalmente por otro argumento moral: “porque el ser humano es una especie dotada de razón y, por tanto, superior al resto”.

Inconscientemente estamos juntando dos conceptos que, igual que el gato de Schrödinger está vivo y muerto a la vez en tanto que está dentro de la caja (tema interesantísimo que aconsejo estudiar una vez leído este texto), van de la mano y se repelen. El problema es que, así como es imposible ver al minino sin visión de rayos X, es inconcebible estudiar la razón y la moral sin una definición universal de cada una, probablemente una tarea inalcanzable. Hace siglos, se llegó a una distinción reveladora para el Derecho: la separación entre las leyes físicas o de la naturaleza y las leyes humanas. Pero estas leyes humanas, lo que hoy se conoce por Derecho, ¿son dadas por la razón o por la moral? Parece obvio que por lo primero, aunque como algunos filósofos han afirmado, con un contenido mínimo de eso que, sin saber qué es, llamamos moral. No digo que crea que sea lo mejor ni lo más justo, sino que es lo que hay.

El pensamiento utilitarista, que promulga el máximo beneficio para el mayor número de personas, un argumento totalmente democrático prima facie, ha sido desechado por ser poco escrupuloso con ese “mínimo moral”. Sin embargo, es un sistema que parece acertado en casos de necesidad. Entonces, la siguiente pregunta debería ser ¿por qué aquello que parece razonable en casos de normalidad, no lo es para las situaciones extremas? Acaso parecería lógico afirmar que el Derecho se rige en su elaboración por dos tipos distintos de razón: más allá de la distinción entre razón humana y divina de la edad medieval, parece que la razón puede ser ordinaria o de necesidad. De esta manera, la ley no permite matar, pero nos excusa en casos de legítima defensa, ni tampoco abortar, salvo bajo determinadas circunstancias.

Así las cosas, deberíamos preguntarnos cuál sería el tipo de razonamiento que debería seguir el legislador a la hora de promulgar normas. Una visión libertaria abogaría por un juicio de necesidad, que abriría las puertas al motu proprio, en tanto que una postura más conservadora apostaría por lo contrario. Ahora bien, ¿qué es lo más conveniente? Siempre han existido quejas de que la ley se hace por los ricos para los pobres, y tal vez sea aquí donde encontremos el punto de inflexión. ¿Está al alcance de todos, digamos por ejemplo, el vientre de alquiler? Tal vez piense que no sea ético ni moral, pero igual su opinión se transformaba si viviese la impotencia de procrear con su pareja de forma natural. Deberíamos cuestionarnos si esta razón de la que estamos tan orgullosos, esta que justifica el trato distinto entre humanos y animales, como veíamos al principio, es usada como es debido. Deberíamos preguntarnos si somos capaces de llevar nuestros razonamientos de normalidad hasta sus últimas consecuencias o si, por el contrario, quedan en papel mojado cuando la necesidad acucia.

En conclusión, resulta fácil aceptar que las personas, por lo general, actuamos de manera distinta a lo habitual cuando estamos ante una situación personal o ambiental complicada. Dado que nuestras decisiones tendrán enfoques divergentes según cuál sea nuestra posición, pues buscaremos resultados dispares, la pregunta que debería resolver el legislador tendría que ser: ¿es coherente que nuestro sistema jurídico castigue y reprima aquello que muchos de sus conciudadanos desearían hacer en una situación in extremis?

Marc Delgado Mañez
ESADE

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