Snowden, sin falsas indignaciones

Prevengo de antemano. Mis ideas pueden no gustar a más de uno. A mí Snowden no me parece un personaje ejemplar. Ni defensor de las libertades, ni persona íntegra. Edward Snowden es un joven aventurero. Ha sido agente de la CIA, luego ha trabajado para la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, y ahora estaba subcontratado en una labor para dicho órgano de la administración estadounidense. Ha explicado al “The Guardian” –el periódico del laborismo británico- que los Estados Unidos revisan millones de mensajes intercambiados en el mundo. De países enemigos y aliados. Tras esta entrevista, ha huido de Hawaii a Hong Kong, y luego a Moscú. Temiendo que su revelación –claramente una traición a los ojos de Estados Unidos- sea allí juzgada rigurosamente, busca un país enemigo del suyo donde tenga premio ser un espía con material para pintar a los Estados Unidos como el mal en la Tierra. Ha pedido asilo a varias decenas de Estados y los más izquierdistas le han dicho que lo acogen con los brazos abiertos.

A mí me sorprende que haya alguien que no supiera que los mensajes electrónicos son repasados por programas que buscan palabras clave, y que los servicios de inteligencia espían. ¿Qué esperaban? ¿Una notificación previa por correo postal? Sé que los españoles espiábamos en 1989 las comunicaciones de la marina de guerra marroquí y recuerdo que no hace tanto los franceses (no los españoles) encontraron en estos barridos de mensajes a los paquistaníes que, viviendo en Barcelona desde los 70, seguían sin hablar español –aún menos catalán- y pretendían poner bombas en el metro.

No comprendo que se pretendan escandalizados porque las comunicaciones no son confidenciales algunos que luego buscan las cintas del restaurante la Camarga para escucharlas por morbo. Hacen un drama del espionaje estadounidense pero ven normal la cláusula de confidencialidad del contrato de Neymar, que impide saber el reparto de los 57 millones pagados (comisiones de intermediarios presentadas como derechos de imagen). ¿Si en los 90 el gobierno español tuvo escuchas telefónicas al entonces Presidente del Real Madrid y otros personajes del famoseo, tener un programa que rastrea el flujo mundial electrónico es ahora tan inaudito?

Siempre pensé que el servicio secreto no debe notarse. Si uno sospecha de alguien que puede ser espía, es que lo es. En mi servicio militar me parecía de chiste que un sargento contara sus aventuras en el servicio naval de inteligencia mientras los demás comíamos. Así se entiende  al agregado de embajada que pretendía señalar con un letrero su despacho como “inteligencia”, para que todos supieran a qué se dedicaba. Quizá por ello la policía que rodea la casa Blanca llevan petos en que está escrito “Secret Service”.

Lo indignante es que se elija tan mal a los espías. Que se confíe en ilusos que a la mínima oportunidad de fama buscan “twittear” sus impresiones. Como aquel albañil que en el 2003 participaba en la reforma de una embajada aliada en Londres. Se ofreció al MI6 para espiarla, y no le hicieron caso. Lo probó con la CIA, y allí sí le escucharon. Le dieron el nombre clave de “notation”.  Con su ayuda se espiaron las comunicaciones, se interceptaron los documentos que iban a la trituradora, y cuando le pidieron algo más de riesgo, se fue a la prensa a contar su historia. Que ahora el MI6 busque candidatos a través de su “web” no inspira más confianza. A mí me apena que nunca me hayan pedido ser espía. Especialmente viendo a los que sí escogieron.

 

Jordi Sellarés Serra
Profesor de Derecho Internacional Público de ESADE Law School

Artículo publicado el “El País” (idearium) 22.07.13

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Una Resposta a “Snowden, sin falsas indignaciones”

  1. Regina Fuchs dice:

    Muy interesante artículo, desconocía algunos datos.