Cuando el Derecho no tiene derecho

“¿Y quién te ha dicho a ti que yo quiero que conduzcas por mí?”. El contexto de esta frase puede parecer simpático, incluso divertido, pero a mi entender es un ejemplo de algo mucho más profundo e importante, esto es ¿cuándo el Derecho se arroga más competencias de las que puede?

Si entendemos un sistema jurídico como aquel conjunto ordenado de normas necesarias para el correcto funcionamiento de una sociedad, más allá de cuál deba ser su contenido mínimo y de si éste debe adecuarse o no a los estándares morales de la comunidad, cabe preguntarse cuál deba ser el contenido máximo, es decir, hasta dónde puede llegar el Estado.

La capacidad legislativa deriva, en teoría, de una previa cesión de soberanía hecha por cada individuo del pueblo, pues así garantizamos nuestra supervivencia y podemos aspirar a satisfacer otras necesidades menos trascendentes. Así se formó el metafórico concepto del contrato social y así podemos formular los límites del Estado, pues nadie puede hacer más de lo que le ha sido encomendado, se supone.

A través de la democracia se anteponen los criterios mayoritarios frente a los individuales. Así, en aras de un supuesto bien para la comunidad, limitamos nuestra libertad natural, nuestros instintos y cedemos nuestra capacidad de razonar a un ente impersonal y atemporal.

Cada vez que sale una nueva Ley, un Reglamento, o cualquier otro tipo de disposición, el Estado está diciendo de una forma velada, como un niño: “esto es mío”. Pero eso nos podría llevar a absurdos como esos casos en que un multimillonario con mucho tiempo libre se compra un terreno en la Luna, o como si un Gobierno tratase de proteger los derechos de imagen de un Dios. Tal vez esto no tenga trascendencia, sin embargo hay ocasiones en las que no nos damos cuenta de ello, pero está regulando nuestra vida cotidiana, nos está robando el libre albedrío. Tan sólo hace falta mirar aquellas normas que cambian al compás del gobierno de turno, como el aborto, la eutanasia o el matrimonio homosexual. Si al Derecho ya no lo baña la moral, no puede existir una regulación que únicamente se base en ella; si el Derecho no es una mera ordenación económica, tampoco. Si yo no puedo decidir sobre ciertos temas, ¿por qué sí iba a poder el Estado?

La tarea de los filósofos del derecho durante los últimos tiempos ha sido la de delimitar exactamente hasta dónde llega el Derecho, y cuándo pasamos al campo de la ética y la moral. Su confusión puede llevar a desastres como los que se vivieron a mitades del siglo pasado. No obstante, tratamos sobre temas tan metafísicos que ponerse de acuerdo es imposible. La cuestión ya no radica en saber si el Derecho debe o no estar impregnado de moral, sino en saber hasta dónde está facultado para regular nuestra vida diaria. De esta forma, igual que nosotros no somos capaces de controlar ciertos aspectos de nuestra vida que se escapan a la voluntad, el Poder Legislativo tampoco ha de serlo, (¿no se lo debemos permitir?) respecto de aquellos otros que exceden sus competencias.

Marc Delgado Mañez

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2 Respostes a “Cuando el Derecho no tiene derecho”

  1. Cuáles son los estándares morales de la comunidad y de qué comunidad? La moral común sólo es resultado de la suma de cada una de las morales individuales, es su máximo común. En cuanto una de ellas diverge, puede que el sistema se tambalee. Por eso, llamarlo comunidad es decir que tienen demasiado en común. En cuestiones de moralidad, debido a la flexibilidad de la perspectiva, en realidad sólo coinciden en algunos criterios.

    Y eso confirma que entonces el problema es justo ese: que hemos cedido la soberanía. Ahora nos toca, desde dentro de la legalidad instaurada, recuperarla con maestría, y sin desandar lo conseguido en el respeto a los derechos, a pesar del Derecho.

    Se conseguiría haciendo que los juristas, en lugar de los economistas, gestionaran el sistema que ellos mismos han instalado por creer y ampararse en la Ley. Que es un mal menor, en comparación con las poblaciones gobernadas en total alegalidad. Porque es la comunidad que nos va a hacer recuperar la soberanía.

  2. Juicioso dice:

    Efectivamente la famosa frase tiene más enjundia de la que puede parecer, sabiendo lo que quiere decir, pues en mi opinión no es de las más acertadas para transmitir la idea, o así creemos algunos que lo que se encontraba detrás de ella, es el concepto de “menos Estado” propio de las ideologías liberales, que si bien se suele centrar en el ámbito económico, también, como no podía ser de otra manera, posee un trasunto Jurídico.
    Y digo que no es de las mejores frases para definir este liberalismo, pues el conducir conlleva una clara relación intersubjetiva: nos relacionamos con los demás individuos que circulan, y lo hacemos en una situación que puede ser de riesgo, por lo que en mi opinión, el Estado sí debe preocuparse de como conduce cada uno en lo que se conoce como en “tráfico abierto”.