El paro de larga duración ante el espejo

Unos 2.901.100 parados de larga duración son muchos. Y todavía son más si alguien piensa, se consuela o justifica diciendo: ¿Con 6 millones de parados es normal que sean tantos”. Pero como reza aquel dicho popular, mal de muchos, consuelo de tontos. Y es que si nos remontamos a 2007, cuando España tenía una tasa de paro del 8,3%, los parados de larga duración representaban ya entonces un 30,5% de la población desempleada. Hoy son el 46,7%, una cifra preocupante, como también lo era la del 2007, pese a que quedara eclipsada por las ínfulas de la “España que iba bien”.La Comisión Europea lleva años preocupada por la evolución creciente del paro de larga duración y en uno de sus recientes estudios, alerta sobre su lacerante impacto sobre el ¿bien común” y, por tanto, sobre el Estado social y de bienestar.
Más tiempo en situación de desempleo conlleva más tiempo en situación de desempleo. Una maldición por estar fuera de mercado que, en ocasiones, se alimenta con estereotipos que contaminan los procesos de selección y que, en otros, acaba siendo víctima de la falta de cultura en torno al aprendizaje permanente, o de un sistema de intermediación en el que la última profesión es una etiqueta que encorseta cualquier opción de crecimiento o reconversión profesional, en detrimento de las habilidades y competencias personales.

Este efecto perverso acaba convirtiéndose, además, en un factor de riesgo psicosocial, agravado por el hecho de que las políticas activas de empleo, a diferencia de lo que ocurre en otros países, no trabajan de manera integrada los aspectos de reinserción (orientación, formación, intermediación), con los aspectos psicosomáticos vinculados al paro de larga duración, como la pérdida de autoestima, la ansiedad o el estrés.

Consiguientemente, se alimenta, por acción o por omisión, otra distorsión: al olvidar que la salud es un factor determinante de ocupabilidad, se olvida que es un elemento que condiciona el acceso y el mantenimiento en el empleo. Y al olvidar esta dimensión preventiva y paliativa, se dificulta la integración laboral. Y la cadena va sumando eslabones.

Actualmente, solo el 61,54% de los desempleados cobra alguna prestación. Si la pérdida de trabajo suma la pérdida de rentas sociales, el riesgo de pobreza y de exclusión acaba transformándose en una realidad, con efectos múltiples, diferidos en el tiempo y que comprometen seriamente la cohesión social presente y futura y, también, el mantenimiento del sistema de Seguridad Social.

Especialmente, si tenemos en cuenta que un porcentaje importante de los desempleados de más de un año tiene más de 45 años; que, pese a las últimas medidas del Gobierno para incentivar el envejecimiento activo, las empresas son más reticentes que nunca a contratar a colectivos con esta edad, y que las estadísticas vaticinan para los próximos años una caída significativa de los activos de entre 25-40 años, en paralelo a un incremento de los mayores de 65 años.

Una bomba demográfica y social, otra, dirían algunos, que debe desactivarse urgentemente y que pone a prueba la calidad de nuestras políticas públicas y la visión estratégica y coraje de los que nos gobiernan.

Los expertos señalan que la mejora en la cobertura y calidad de las políticas de orientación y desarrollo profesional, las políticas mixtas de prestación social y trabajo, las políticas de vivienda y los incentivos fiscales para fomentar la movilidad son medidas efectivas contra el desempleo de larga duración.

En España está casi todo por hacer. Y como ocurre cuando no se dispone de brújula y cuando el cúmulo de problemas colapsan cualquier intento de planificación operativa, la “externalización” de responsabilidades y la interpelación cruzada a la acción de “los demás” es tan cómoda como paralizante.

El paro de larga duración, ante el espejo, ofrece el reflejo de un país también parado desde hace tiempo, que no hace por conocerse, que no trabaja con visión, que se encadenó una hipoteca a los tobillos, de manera que tampoco puede moverse en búsqueda de territorios más fecundos y que, excesivamente preocupado por contentar a los muchos que le tienen secuestrado, se ocupa más de las formas que del fondo.

Esther Sánchez
Profesora de ESADE Law School
(Artículo publicado en “Cinco Días” – 11.05.2013-

 

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