De Estrasburgo a Madrid a través de diferentes roles en “mootcourts” (1988 -2011)

De Estrasburgo a Madrid a través de diferentes roles en “mootcourts” (1988 -2011)

En mi cuarto año de carrera, en 1988, participé en el concurso René Cassin. Era una simulación de un pleito ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos con un complejo caso de abusos por parte de un Estado. Las principales dificultades estaban en la forma y en la materia. Era en francés, y los escritos de demanda y contestación debían estar en ese idioma que aún hoy no domino, y la fase oral –ante un tribunal de expertos, en la sede del propio Tribunal real, contra universidades de otros países- resultó ser muy real e intimidante. Yo sólo era suplente de un equipo de 7, en que cuatro acusábamos al Estado que vulneraba los derechos humanos,  y otros tres lo defendían. Pero habría sido capaz de improvisar algo cuando uno del equipo, de la mitad defensora del Estado, se desmayó en pleno alegato, y atrajo la atención del propio Secretario General del Consejo de Europa (en aquel entonces, Marcelino Oreja Aguirre) que bajó a interesarse por su salud.

Otro de mi equipo no sabía francés y ante la viuda de René Cassin (el francés que redactó con otros la Declaración Universal  de Derechos Humanos) logró disimular con unos “oui, oui” muy seguros su absoluta incomprensión de lo que aquella venerable dama le comentaba en las pausas de la competición. Mi francés era malo, pero sabía de qué iba el caso y me había impregnado de jurisprudencia del Tribunal –que no había apenas visto en mis asignaturas ordinarias-, en un esfuerzo bastante autónomo en que un estudiante de doctorado  –ahora catedrático- debía supervisarnos, pero que en realidad nos dejó a nuestro aire o nos abandonó a nuestra suerte. Quedamos cuartos de 12 universidades, frente a la universidad de Estrasburgo-que se grababan en vídeo en ensayos semanales, por lo que nos contaron- que aparte de anfitriona, ganó la competición. Nosotros nunca ensayamos y nos contentamos con lograr que la Universidad de Barcelona nos diera una ayuda para el viaje en tren, con transbordo en Port Bou, en un compartimento de todo el equipo (solos, sin el doctorando que debía ayudarnos, que no volvimos a ver). Inolvidable fue  el tufo del compartimento en el viaje de regreso, en que volvimos cargados de quesos comprados en Estrasburgo. Era como un anticipo del viaje de fin de carrera que haríamos el año siguiente, pero con una excusa académica. No nos cambiaron exámenes ni nos liberaron de ir a clase, pero aprendimos muchísimo y nos lo pasamos “bomba” (como entonces se decía). De aquel equipo, una es ahora directora de relaciones internacionales de la Escuela Judicial tras haber sido vicedecana de la Facultad de Derecho, otro es profesor titular de Derecho Internacional Público en esa misma facultad y director del Instituto de Derechos Humanos y una tercera es funcionaria del Banco Mundial y el que no sabía francés acabó en el ayuntamiento de Barcelona.

Años después descubrí  que a esas competiciones entre equipos de estudiantes de universidades de otros países  viviendo un caso imaginario como si fuera real se denominan “mootcourts”. Un juicio simulado, pero no bufo, porque no se busca ironizar sino poner en práctica los conocimientos jurídicos con las habilidades que luego necesitarán en la vida de jurista. Con ello, acaban redescubriendo lo que aprendieron y profundizando hasta extremos insospechados en casos que, en una primera lectura, parecen sencillos. Una de las aptitudes de todo jurista –a mi juicio- es comprender que nada es lo que en principio parece, y las posturas más insospechadas acaban siendo defendibles si se las estudia con ganas.

En el 2006 otro “mootcourt” se cruzó en mi vida. El de un pleito ante el Órgano de Solución de Controversias de la OMC, organizado por la European Law Student Association o ELSA. Una alumna aventajada  de ESADE –que ahora está en Berlín haciendo el doctorado en Derecho Penal Internacional  con una beca de “La Caixa”- logró crear un equipo con otros tres estudiantes y me pidió que les ayudara en la preparación de de los escritos y de las fases orales. Dado que el Dr. Montañà tiene una tesis sobre la OMC-la Organización Mundial del Comercio- , y dado que a la OMC sólo se dedica una hora en el curso de Derecho Internacional Público que ambos impartimos –con el conocido caso Shochu de muestra inolvidable- , tuvimos que hacer sesiones de profundización, de ensayo, de redacción de las demandas y contestación del pleito entre dos Estados imaginarios.  Pocas, por lo que supe después. Pero en aquel momento no había interiorizado aún el papel de “coach” o entrenador del equipo. Al menos, no desaparecí como había hecho aquel doctorando en 1988, ofrecí todo mi escaso saber al equipo, y todo el tiempo de que dispuse. Con un espíritu parecido al que tenía yo en 1988, el equipo se fue a Roma. Yo les acompañé tras un extraño viaje desde Zúrich a Nápoles –donde inicialmente era la ronda europea- en avión “low cost” y luego en tren nocturno hasta las afueras de Roma, al centro de alto rendimiento deportivo donde pernoctamos. Nos eliminaron rápido y acabamos haciendo turismo por el Vaticano y el foro. Pero ellos aprendieron y conocí al novio de entonces de la instigadora del equipo, ahora diputado en el Parlamento de Cataluña.

En el 2008, otra alumna aventajada pidió crear otro equipo para la ronda europea del caso del “mootcourt” de la OMC del 2009, que acabó siendo en Frankfurt del Oder. Lo creamos, vivimos la presión de cumplir los plazos para la remisión de escritos en inglés –que hicimos sin ayuda- y aparte de aprender mucho derecho internacional económico en el proceso, supimos de biocombustibles –era el tema del caso de aquel año- y la instigadora consiguió un novio especialista en esa materia. No ganamos, vivimos la intoxicación alimentaria de otros equipos –las dos vomitonas en el coche, camino de Berlín, serán inolvidables-, y pernoctamos en Polonia, en una residencia de estudiantes al otro lado del río Oder, donde nadie hablaba inglés.

Desde entonces he repetido el papel de profesor encargado (o “coach”) con equipos nuevos de estudiantes de ESADE en otra edición del “mootcourt” de la OMC –en el 2010, sobre medicamentos tradicionales,  acabamos en Helsinki, siempre a mejor, pero nunca ganando, a pesar de que dedicamos más horas en ensayos , en escribir siguiendo las estrictas limitaciones de forma, en aprender más y más derecho de la OMC  –. Ahora competimos en el simulacro de pleito ante el Tribunal Internacional de Justicia, conocido como Jessup. En el 2011 el caso iba  sobre un ataque con aviones no tripulados y este 2012 sobre un golpe de Estado y la intervención humanitaria de una organización regional . Este año hemos llegado a la ronda de exhibición en Washington. Pero siempre podemos hacerlo mejor y como “coach”, con la ayuda de Miquel Montañá y María Boada, intentamos descubrir qué hicimos mal. Qué nos falta para llegar a ser los mejores.  Porque en la ronda española la que daba paso a la de Washington, nos venció por décimas la Universidad Carlos III. Quizá sólo nos falta el aplomo y la seguridad en la exposición de los alumnos de la Carlos III de Madrid.

Lo digo ahora que he pasado al tercer nivel. Había vivido un “mootcourt” como estudiante y luego como profesor que sufría por su equipo de estudiantes. Ahora lo he vivido como árbitro, como parte del tribunal de las semifinales de la IVª Competición Internacional de Arbitraje y Derecho Mercantil, conocida como “MootMadrid”, porque la creadora de este “mootcourt” en español es la Universidad Carlos III con el apoyo de UNCITRAL . 17 universidades participantes, algunas de Francia, Estados Unidos, Costa Rica, El Salvador, etc. y en español, lo que facilita ,muchísimo las cosas.  En la semifinal en la que participé como coárbitro tenía que decidir entre la Universidad Católica de Asunción y la Universidad Carlos III. A las 12.30 del viernes 1º de junio del 2012, en una sala de juntas del despacho Broseta llena de estudiantes, con un coárbitro brasileño (Francisco Pignatta) y presidiendo Mª Mercedes Tarrazón (vocal española de la Corte Internacional de Arbitraje de la Cámara de Comercio Internacional ), aplicando el nuevo reglamento de arbitraje de la CCI, escuchamos las alegaciones de Regenta y de Vetusta. La segunda, representada por el equipo paraguayo, habló primero, por acuerdo previo entre las partes, para discutir la jurisdicción del tribunal. Porque en este “mootcourt” no hay las reglas que en otros son muy estrictas sobre el tiempo que puede hablar cada equipo y los límites formales de las demandas. Asumiendo la flexibilidad y la autonomía de la voluntad de las partes que es consubstancial del arbitraje, éstas habían pactado los plazos y el orden. Aunque no los cumplieron a rajatabla (debían ser 13 minutos para los aspectos formales y otros 13 para el fondo, con 2 más de réplica y dúplica en cada tramo, y hablaron 15 minutos en su alegato principal), el proceso fue rápido y antes de las 14.00 y habíamos acabado. El tribunal se reunió a deliberar.

Vetusta es una constructora de un país imaginario, Cervantia, que acuerda con una fabricante de cemento extranjera –Regenta, de otro país de fantasía, Andina- , mediante un contrato llave en mano, la edificación de una fábrica de cemento por 140 millones de Euros, pagaderos en tres fases, siguiendo los plazos de construcción. Pero antes de terminar el primer plazo descubre unas aguas subterráneas que no había detectado con las pruebas que había realizado, y debe ampliar la cimentación, con un incremento substancial de costes (40 millones de euros). Unos mensajes electrónicos intercambiados entre los encargados de cada empresa eran interpretados por una parte -la constructora- como cumplimiento del artículo del contrato por el que se podía variar éste y por la otra –la propietaria- como simplemente información de lo que ocurría en la obra. Si añadimos huelgas y un entorno social enrarecido (otros 8 millones de euros de ajuste), la obra acaba bloqueada sin acabar y la propietaria ejecuta entonces una garantía a primer requerimiento que la constructora había pedido a su banco a favor de la propietaria, por 40 millones de Euros.  Garantía sometida a las Reglas Uniformes relativas a las Garantías a Primer Requerimiento de la Cámara de Comercio Internacional en vigor, las URDG 758. En ellas (art. 20) se indica que el banco tiene que pagar tras los 5 días que le dan para comprobar los documentos que permiten la ejecución. Aquí eran, o una decisión de un ingeniero consultor ajeno a la obra, o un comité de tres personas para la adjudicación de disputas. La constructora impugnará luego ambos documentos por entender que son nulos por emitidos sin imparcialidad, pero la ordenante los tiene y espera el pago. Sorprendentemente al sexto día un juez de un país distinto del de la sede del banco, ordena su bloqueo, y el banco obedece (en realidad, consultadas varias asesorías jurídicas de bancos españoles, una orden de un juez extranjero recibida por notario se ignora). Los árbitros teníamos que resolver este galimatías tras escuchar las partes.

Durante la audiencia –tres mujeres y un hombre- tuve oportunidad de hacer preguntas para ver la cintura de los “letrados” ante preguntas imprevistas: ¿Está en vigor en Convenio de 1995 de Naciones Unidas sobre Garantías Independientes y Cartas de Crédito Contingente? (el caso aseguraba que ambos Estados eran parte y los escritos utilizaban ese articulado para justificar sus puntos de vista, pero no constaba si el tratado había logrado el mínimo de ratificaciones (5)) La respuesta de la estudiante fue un salto a la piscina evidente. No sabía la respuesta, pero como no debía dudar y sólo había dos opciones, optó por una: “Sí, está en vigor, claro”. Lo está, porque 8 países lo han ratificado, pero ninguno importante, sin contar a Andina y Cervantia. ¿A quién quiere que  dirijamos la orden para levantar el embargo de la garantía? ¿Al banco? ¿Por tanto, hay que incorporarla a este pleito como parte y entonces se convierte en multiparte? “No sería oportuno”, respondió la estudiante, con habilidad. ¿Si querían una medida cautelar, por qué no usaron el nuevo árbitro de emergencia? “porque es opcional” (otra respuesta correcta a pesar del desconcierto de la estudiante ante la pregunta inesperada). Siempre con la extrema cortesía que aprenden como protocolo ante el tribunal: “Muchas gracias por su pregunta, si me acompaña a la página 20 del escrito de demanda verá que la cláusula 18.4 detalla los riesgos del propietario”. A veces, también sorprenden al tribunal en sus explicaciones y debo confesar que las aclaraciones sobre las técnicas geofísicas de la letrada de la demandante –de la Carlos III- fueron las que me hicieron decidir a su favor. Aquello no era derecho, pero aunque era complejo estaba bien explicado, era convincente y lo decía con seguridad.

Quizá deberían haberme recusado como árbitro que podría tener enemistad a la Carlos III porque como universidad ganó a ESADE en el Jessup tres meses antes. Pero no lo hicieron, ni lo sabían, ni yo sabía quién sería el semifinalista. Por otro lado, en el debate del tribunal, expuse el primero mi opinión favorable y acabo siendo unánime. Ganaron esa semifinal por poco y ella acabaría siendo la mejor oradora de la competición. Justa decisión. Pero la Universidad Carlos III acabó arrasando y ganando los premios a mejores escritos de demanda y contestación, y la final –como demandada-. Aquí discrepo, porque me leí su escrito con detalle  y contenía errores que luego exhibí a los ganadores. A mi juicio los de la Universidad de Versalles fueron más convincentes y debían haber ganado el “mootcourt”. Pero el tribunal de la final lo componían una jurista española residente en París –Carmen Núñez Lagos-,otro abogado brasileño (Fernando Marcondes) y el Vicesecretario General de la Corte Internacional de Arbitraje de la CCI, José Ricardo Feris, que lleva muchos años viendo cientos de casos de arbitraje. Seguramente tienen mejor criterio que el mío, y por ello, como en los dictámenes, me someto al suyo.

Además Feris ha vivido en su propia piel ese cambio de papeles en “mootcourts”, porque cuando estudiaba en Nueva York y tenía pelo quedó finalista en uno sobre derecho comunitario –es lo cuarto que se descubre en “google” al poner su nombre-. Por lo que sabe qué supone esa responsabilidad de dar vencedor a un equipo y no a otro. Porque alguien tiene que ganar. Es una competición.

Regresé en avión tras la final, los discursos y las conversaciones en el cóctel final. Descubrí que el mismo que organizaba esta competición, profesor de Mercantil de la Carlos III, era el “coach” del equipo que nos venció por poco en la ronda española del Jessup. Uno de mercantil en un caso de internacional público. Tan curioso como que uno de internacional público estuviera haciendo de árbitro en un caso de mercantil, que era mi caso allí. Regresé con una camiseta de verde pistacho fosforescente que me regalaron los organizadores y que ya sudé al día siguiente corriendo al sol por la playa de Arenys antes de mi primer baño de la temporada. Una camiseta con un montón de bufetes patrocinadores. Una camiseta a añadir a la negra de manga larga –con un único bufete patrocinador- que me trajo de Washington el equipo de ESADE que se fue al Jessup.

Una experiencia nueva que completa el círculo. Una convicción asentada tras las tres vivencias. Los “mootcourts” son una magnífica manera de aprender y quizá el tener una asignatura y créditos dedicado a ello ayuda que la Universidad Carlos III acumule tantas victorias –también ganaron el Vis de Viena, de arbitraje pero en inglés, hace unos años-. Y una añoranza: Qué envidia da ver tanta juventud con talento metiéndose en los casos, gritando de alegría o de desilusión al saber los premiados, asumiendo el rol de persona adulta ante los retos de gente de que van a juzgar su trabajo. “Juventud, divino tesoro”. La mejor forma de experimentar el futuro que les espera. Un futuro que empieza en “mootcourts” y acaba llevando a cada uno a una destacada posición jurídica, como los hechos parecen demostrar.

Jordi Sellarés Serra. Profesor asociado de Derecho Internacional Público- ESADE, y Secretario General del Comité Español de la Cámara de Comercio Internacional.

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