Actividades animosas

El verano es tiempo de cosecha, de exámenes finales, de memorias de actividad. Como jurado de los premios “40 under 40”, que organiza Iberian Lawyer y que distinguen anualmente a 40 abogados de España y Portugal menores de 40 años, he tenido el privilegio de leer currículos brillantes y extraordinarios.

Se trata de personas que, tras finalizar su licenciatura, han cursado másteres y han desarrollado una actividad profesional de éxito en la que ya son reconocidos como expertos. Han pasado por las etapas que, desde la Edad Media, asociamos con aprendiz, oficial y maestro.

Personas que primero aportaron análisis trabajosamente elaborados a los equipos en que se integraron. Hoy, a base de un esfuerzo sostenido en el tiempo, sus análisis son más profundos, diseñan estrategias, las ejecutan y lideran equipos que apoyan el crecimiento de los más jóvenes. Con jornadas laborales de más de doce horas, encuentran tiempo para actividades “Pro bono”. Ofrecen gratuitamente su gran talento y escaso tiempo libre para defender a quienes no tienen más derechos que aquéllos que otros pueden accionar por ellos. Personas que convierten sus hobbies o su ocio en servicio a los demás: como entrenadores, directivos de equipos deportivos infantiles o como tutores de alumnos con dificultades de aprendizaje.

Para aquéllos a los que nos escasea el tiempo y empleamos parte de las vacaciones en proyectar cómo ser más eficientes en su uso, es un refrescante recuerdo de que querer, a menudo, es poder. También, de que el éxito de una sociedad está ligado al de los individuos que la conforman, en la medida que éstos no actúen al margen o contra ésta, sino a su favor. Por eso, aunque en el mundo, como en botica, hay de todo, el Tomas Crown (1968, Steve McQueen; 1999, Pierce Brosnan), que, hastiado del éxito de sus “acquisitions” en Wall Street, tiene que robar un Banco en Boston o un Monnet en el Metropolitan, para superar retos dignos de su inteligencia, no es el personaje a imitar.

Necesitamos modelos para seguir. Muchos admiramos a los grandes deportistas. Celebramos su juego, coreamos sus victorias, lamentamos sus derrotas; pero olvidamos las horas de repetición de una jugada o del ejercicio en el gimnasio. Son vidas de las que nos llega el brillo del triunfo, pero no la monotonía del entrenamiento, del esfuerzo a puerta cerrada que si lo grava las la televisión nos llega filtrado por un guión edulcorado con bromas y risas.

Modelos, haberlos haylos. Incluso en profesiones hoy denostadas. Junto a banqueros que reparten beneficios obtenidos gracias a las garantías explicitas o implícitas de los fondos públicos, los hay que arriesgan su dinero en apoyo a iniciativas socialmente beneficiosas.

La verdad es buena compañera de viaje. Por eso, el esfuerzo medido, conocido y premiado, es un acicate para que se imite, tanto en el deporte como en el ejercicio de profesiones u oficios.

Un personaje de Oscar Wilde contestó al que le demandaba la verdad pura y simple, que la verdad raramente es pura, pero nunca es simple. Tal vez también nos decía que aquilatar el esfuerzo y reconocerlo no es tarea fácil; pero que si lo conseguimos, ponemos las bases para una sociedad justa y próspera. 

Enric R. Bartlett Castellá.
Decano de la  Facultad de Derecho de ESADE  (URL)

 
Publicado en “La Vanguardia” el 10.08.2011

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